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Valle-Inclán, el inventor del “esperpento”


Por ALFREDO CORONIL HARTMANN

El personaje que hoy nos convoca representa –a mi juicio– el virtuoso absoluto entre los virtuosos cultivadores de la lengua castellana y sobresale de ese extraordinario movimiento que conocemos como la generación de 1898.

Nació Ramón María del Valle y Peña, en un hermoso pueblecito gallego de Pontevedra, la Puebla de Caramiñal, en 1866. Creador constante de su propia realidad, transformó con un guion, distintivo de nobleza, en Valle-Inclán su apellido, su vida toda estará llena de esos actos a que se veía impelido por el brioso corcel de su genio fabulador.

Sería la negación de Valle-Inclán convertir estas líneas en una reseña formal o académica de su vida y de su obra, dejaremos a él mismo la tarea de trazar su autorretrato: “Ese que aquí veis, de rostro español y quevedesco, de negra cabellera y luenga barba, soy yo: Don Ramón María del Valle-Inclán. Estuvo el comienzo de mi vida lleno de riesgos y azares. Fui hermano converso en un monasterio de cartujos  y soldado en tierras de la Nueva España… Una vida como la de aquellos segundones hidalgos que se engancharon en los tercios de Italia en busca de ocasiones de amor, de espada y de fortuna”. Sobre la veracidad de ese autorretrato debemos tomar en cuenta que, según el testimonio de sus contemporáneos, Don Ramón llevaba una vida bohemia y estrafalaria y se expresaba con su conversación ceceante y maldiciente, que producía tanto la admiración como el escándalo, en las tertulias del Ateneo de Madrid y en los cafés de su tiempo. Su biógrafo Fernández-Almagro afirma que no se podía distinguir en las afirmaciones de Valle-Inclán lo real de lo inventado, tal era la capacidad fabuladora del personaje, que hizo de su existencia una mezcla de anécdotas, realidades y fantasías. Fue su mejor protagonista por que no solo vivió la vida que le deparó el destino, sino que vivió como propia la que hubiese soñado para sí. Mucha razón tenía Ramón Gómez de la Serna al decir que Valle-Inclán era “la mejor máscara a pie que cruzaba la calle de Alcalá”. Su aspecto físico cuya similitud con Cervantes se acentuaba por ser, como el primero, manco, coincidía con su fantasiosa personalidad. Se vestía en forma rebuscada con capas y chambergos, su carácter altanero y discutidor lo llevó en una ocasión a declararse,públicamente asesino: “A bordo de la ‘Dalila’, lo recuerdo con orgullo, asesiné a Sir Roberto Jones. Fue una venganza digna de Benvenuto Cellini. Os diré cómo fue, aun cuando sois incapaces  de comprender su belleza, pero mejor será que no os lo diga, seríais capaces de horrorizaros”.

Como casi todos los escritores de su tiempo, tuvo que aceptar los más diversos trabajos, así en 1910 vino a América como director de la compañía teatral Guerrero-Mendoza. De esta pasantía le quedó la actriz Josefina Blanco, con quien se casó algún tiempo después. En 1917 se le nombra catedrático de Estética de la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. Opositor encarnizado de la dictadura del general Primo de Rivera, quien lo calificaba de “eximio escritor y extravagante ciudadano”. Al proclamarse la República en 1931 es designado presidente del Ateneo de Madrid y poco después director de la Escuela Española en Roma.

Su extensa y variada obra literaria es, sin lugar a dudas, desigual, pero bastan uno o dos libros, como Las Sonatas y Flor de Santidad, para colocarlo como uno de los más grandes, entre los grandes artífices de la prosa castellana de todos los tiempos. En las dos obras antes señaladas su prosa discurre entre una vertiente mística y otra pagana, el estilo es sencillamente impecable, perfecto y va pasando de un énfasis en la musicalidad a la expresión plástica, sin ocultar cierto regusto arcaizante, a ratos decorativista o simbolista del paisaje y de los ambientes. En Las Sonatas crea un nuevo arquetipo de Don Juan, que postró de admiración a Rubén Darío:  “ Marqués –como el divino lo eres– te saludo / es el otoño y vengo de un Versalles doliente,/ Hacía mucho frío y erraba vulgar gente,/El chorro de agua de Verlaine estaba mudo”. El propio Valle-Inclán define en su particularísimo estilo al protagonista de Las Sonatas en esta forma: “Estas páginas son un fragmento de las Memorias Amables, que ya muy viejo empezó a escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don Juan admirable ¡El más admirable tal vez! Era feo, católico y sentimental”.

El Rey de España, Don Juan Carlos I, tuvo el gesto de castizo donaire, de grandeza y de sensibilidad por la cultura, de darle vida al personaje de Valle-Inclán, al crear y conceder el título de Marqués de Bradomín al más directo descendiente del inmortal gallego.

Desmitificador de una sociedad hipócrita, el “esperpento” puro es el mayor desdén, es una bofetada en el rostro de los prejuicios, falsedades e hipocresías que le rodeaban, crea con el esperpento una forma personalísima y españolísima de lo grotesco  que aplica a planos extraídos de la realidad.

Julián Marías lo definió diciendo “un escritor prodigioso, de extraordinaria inventiva, creador de un sinnúmero de cosas que han sido atribuidas a escritores más recientes, pero que estaban ya, casi siempre con mayor plenitud, brío y brillantez en Valle-Inclán”.

Vivió intensamente y como lo confesara en su Sonata de Estío, “…solo dos cosas han permanecido siempre arcanas para mí: el amor de los efebos y la música de ese bárbaro teutón que llaman Wagner”.

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