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«Tras la desaparición, empecé a dudar de él. Tenía una mirada siniestra. Daba miedo»

María Cintado, vecina de Monesterio


Monesterio
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Los vecinos de Monesterio no salían en la mañana de este viernes de su asombro. Cuatro años buscando al presunto asesino de Manuela Chavero, que resultó ser el propietario de una vivienda situada a escasos veinte metros del lugar de su desaparición. Manuela vivía en el número 15 de la calle Cerezo y Eugenio en el 29. Los primeros curiosos llegados hasta el lugar del crimen describen a Eugenio D. V. como una persona «introvertida» que tenía una «mirada siniestra». «De las que dan miedo».

Aunque mantenía una vida «discreta» en Monesterio, todos conocían su procedencia familiar y la «considerable cantidad de tierras» que estos poseían. La confesión del crimen se produjo durante la pasada madrugada, por lo que ningún vecino se percató de la presencia de la Guardia Civil hasta que esta mañana amanecieron con la noticia en los medios.

La fuerte tromba de agua que empezó a caer desde bien entrada la mañana en Monesterio arrastraba el barro que cubría el todoterreno de Eugenio, que seguía aparcado en la puerta de su domicilio. Con precintos de la Guardia Civil, era este el vehículo que utilizaba el presunto asesino para desplazarse hasta sus labores agrícolas diarias. Se espera que en las próximas horas sea analizado por el servicio de Analítica.

María Cintado era amiga íntima de Manuela y fue la última persona que reconoce haberla visto con vida. Se ha personado pasadas las once de la mañana en el lugar del crimen. Pese a la dureza de la noticia, no le sorprende esta confesión: «A raíz de su comportamiento tras la desaparición, empecé a dudar de él. Era una persona con mirada siniestra. Me sentía en peligro cuando nos cruzábamos a solas por una misma calle. Salía corriendo. Daba miedo».

Nacida en la misma localidad de Manuela y Eugenio, jamás tuvo relación con él pese a conocerlo de toda la vida. Hubo un detalle que a todos nos descuadró: «La pareja de su padre murió en la bañera en extrañas circunstancias».

José Manuel Velázquez, vecino de Monesterio desde hace ocho décadas, sí tuvo relación con el padre de Eugenio. «Con el chico jamás tuve buen trato porque era poco sociable. Pese a ello, nunca sospeché de él, aunque en el pueblo todos sabíamos que el autor del crimen debía ser alguien conocido y próximo a Manuela».

Conforme se iban conociendo datos de la investigación, el interés mediático pasó de la calle Cerezo de Monesterio a la finca en la que supuestamente se había enterrado el cadáver. A nueve minutos en coche, un carril rural de unos dos kilómetros lleva hasta la puerta de una parcela privada que hay que atravesar obligatoriamente para llegar hasta la finca «La Era», que vendió hace algún tiempo «por problemas económicos», según especifican los vecinos.

A la llegada a este punto, ABC se encuentra únicamente con una pareja de la Guardia Civil que vigila el entorno. A «unos quinientos metros» se está realizando la inspección ocular con los agentes del servicio de Criminalística y perros especializados en la búsqueda de restos cadavéricos. Este carril, próximo a una conocida venta de carretera de Monesterio, es frecuentado por los peregrinos del Camino de Santiago. Algunos de estos se detienen frente al precinto policial: «¿What´s happening?».

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