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«Tenían apartado a mi hijo hasta en los recreos; todo cambió en el centro de educación especial»

«Tenían apartado a mi hijo hasta en los recreos; todo cambió en el centro de educación especial»


MADRID
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No los detuvo el sol abrasador de las cuatro de la tarde, tampoco la dificultad para respirar de las mascarillas, que el calor no aliviaba, sino todo lo contrario. Protegidos por paraguas y envueltos en pancartas un centenar de padres, niños y docentes se reunieron frente al Congreso de los Diputados, en la Plaza de las Cortes, para lanzarle un grito ensordecedor a la ministra de Educación: «Celaá, escucha a la especial».

La ministra no estaba allí para escucharlos pero de todas las críticas que recibe puede que una de las que responde con más fuerza sea la que le hacen los padres que escolarizan a sus hijos en los centros de educación especial. Y niega de forma tajante las acusaciones: «El Ministerio de Educación reitera que la Lomloe no solo mantiene los centros de educación especial, sino que da más protagonismo a las familias», respondieron ayer fuentes de educación a ABC al igual que hacen siempre que se pronuncian sobre el tema. Los centros no se cierran, dicen, pero la letra pequeña de la «ley Celaá» o Lomloe parece apuntar a otra cosa.

«No sabe lo que es un niño con discapacidad si lo que quiere hacer es cerrar los centros de educación especial», lanzó indignada Marta, madre de una niña con síndrome de Down que se escondía de los periodistas detrás de su padre. «La educación especial sabe lo que los niños necesitan y es la que permite que puedan reinsertarse», agregaba, mientras su marido, Fernando, reivindicaba otro de los bastiones de los defensores de la educación especial: «La libertad de elección de los padres». «La educación especial no es solo asistencial, es también inclusiva y en España tiene una altísima calidad; habría que llegar a la Unión Europea y decirlo bien alto», sentenciaba Marta.

Unos metros más alejada (intentando hacer caso al megáfono que recordaba la importancia de la distancia interpersonal) estaba Sandra con sus hijos, Alejandro y Héctor, con una minusvalía del 68 y el 50 por ciento, respectivamente. Alejandro, aún escolarizado, estuvo de los 3 hasta los 12 años en un colegio ordinario: «No aprendió en todo ese tiempo ni a leer ni a sumar y ahora lo hace todo», contaba su madre que decidió matricularlo en el centro especial Virgen de Lourdes de Majadahonda. Sandra rememoraba el frío pasado de su hijo en un centro ordinario, donde comprobó que los profesores «no estaban preparados». Pero peor fue la experiencia de Roberto Chinchilla, actor de la exitosa película Campeones. «Estuvo en el colegio Tierno Galván de Alcobendas y fue un año perdido. Intentaba enseñarle cosas en casa, aprendía y cuando levantaba la mano en clase no le hacían caso. Al final, lo terminaron poniendo en la última fila; lo tenían apartado hasta en los recreos», recuerda Lola. «Todo cambió cuando lo llevé al centro de educación especial Los Álamos». «Fue muy importante para mí, hice muchos amigos», relataba Chinchilla, encargado de leer el manifiesto de la concentración. «Hay que defender los centros como sea para que no cierren en ningún sitio de España, la nueva ley debe ser modificada».

La Lomloe, alude, en en un texto ambiguo en la disposición adicional cuarta, a la intención de dotar de recursos a los centros ordinarios para que, en diez años, puedan atender a los alumnos con discapacidad, mientras que los otros centros se quedarían solo para casos «de atención muy especializada».

«Tan mal nos parece que se imponga a un padre un colegio especial si no lo quiere, como que se le impida que se lo escolarice allí si así lo desea», zanajaba Leticia del Río, tía de Javier, un niño con síndrome de Down.

A la manifestación también se acercaron la diputada de Ciudadanos, Marta Martín y la del PP, Sandra Moneo, que en su última comparecencia en el Congreso le dijo a Celaá: «Los que tenemos algún hijo con discapacidad no somos familias de segunda», le dijo conteniendo la emoción.



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