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Shakespeare & Company: ¿El final de una librería centenaria?

Shakespeare & Company: ¿El final de una librería centenaria?


En el número 37 de la Rue de la Bûcherie, en París, se viven horas confusas. Ubicada a un suspiro de la plaza de Saint Michel, las orillas del Sena y la catedral de Notre Dame, Shakespeare and Company no vivía un momento tan grave desde la Segunda Guerra Mundial, cuando Sylvia Beach, su primera propietaria, tuvo que cerrar su local anterior. Cuenta la leyenda que la clausura fue consecuencia de su negativa a venderle una primera edición de “Finnegans Wake”, la inextricable obra de Joyce, a un oficial nazi. “Imposible. Es de mi colección personal”, le dijo al invasor. Eso le costó la clausura de la librería e inmediato internamiento por seis meses en un campo de prisioneros.

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Han pasado casi 80 años de aquellos días y la angustia vuelve a acercarse a esta librería que, probablemente, no es la más antigua, la más grande, la más surtida o, mucho menos, la más moderna, pero es indesligable estación de paso para amantes de los libros que llegan de todo el mundo desde hace décadas, a contagiarse un poco de la historia que atesoran sus rincones. Para ellos, el solo hecho de contemplar la posibilidad de un nuevo cierre es como imaginar las luces de la torre Eiffel apagadas para siempre.

Pero esa posibilidad se sintió real cuando, hace unos días, la librería le escribió por E- Mail a sus clientes pidiéndoles que compren un libro, pues las restricciones impuestas hace unos meses, algunas de las cuáles han sido reimpuestas hace poco, les han significado -como ha sucedido también con las librerías locales- importantes pérdidas. Sylvia Whitman, responsable actual de Shakespeare and Company, ha confirmado que sus ventas se redujeron en un 80%. “En este punto, ya hemos usado todos nuestros ahorros”, declaró recientemente a Associated Press.

Por cierto: la crisis de la librería no se inició con la pandemia. Ataques terroristas, protestas constantes y violentas contra el gobierno y el incendio de Notre Dame el 2019 fueron hechos que perjudicaron a los comercios pequeños como esta librería independiente, pues se redujo el número de visitantes a la ciudad. Sus paredes de madera, los enormes estantes que contienen tesoros y los vidrios de sus vetustas vitrinas, recuerdan el reflejo y la presencia de nombres que construyeron la literatura del siglo XX.

La edad de oro

Aunque en cierto momento pareció que Sylvia Beach había sido parte de París desde siempre, lo cierto es que llegó allí por primera vez en 1901, a los 14 años, directo desde su natal Baltimore. Su padre, pastor presbiteriano, había sido convocado por su iglesia. Aunque volvieron a Estados Unidos en 1905, Sylvia ya soñaba con instalar en Francia su propia demostración de fe. Volvió algunas veces más a la ciudad y al continente, ya sola, hasta que se instaló definitivamente en 1916, en plena Primera Guerra Mundial.

Poco después, y a pesar de la crisis que se vive en toda posguerra, sacó adelante Shakespeare and Company poniendo mayor énfasis en la literatura norteamericana o inglesa, gracias al apoyo de su amiga Adrienne Monnier –más tarde su socia y pareja– que en 1915 había abierto otra librería legendaria: La Maison des Amis des Livres, donde se conocieron. Shakespeare and Company se inauguraría en noviembre de 1919, en el número 12 de la rue de l’Odeon. La Maison estaba ya ubicada en el número 7 de la misma calle y era frecuentada por autores como André Breton, Jules Romains o Louis Aragon.

Pronto, en marzo de 1922, un joven escritor norteamericano, recomendado por el también escritor Sherwood Anderson, aparece en la casa de Gertrude Stein –en el número 27 de la rue de Fleurus-, la figura intelectual que sería considerada la madrina de una Generación Perdida que, en pocos años, incluiría a aquel joven recién llegado, llamado Ernest Hemingway, y a otros autores, tan aficionados a la literatura como a la bohemia: F. Scott Fitzgerald, John Dos Passos, T.S. Eliot o Ezra Pound. El autor de “El viejo y el mar viviría en París entre 1921 y 1926”. No tardaría en llegar a la puerta de Shakespeare And Company.

“En aquellos días no había dinero para comprar libros. Yo los tomaba prestados de Shakespeare and Company, que era la biblioteca circulante y librería de Sylvia Beach, en el 12 de la rue de L’Odéon. En una calle que el viento frío barría, era un lugar caldeado y alegre, con una gran estufa en invierno, mesas y estantes de libros, libros nuevos en los escaparates, y en las paredes fotos de escritores tanto muertos como vivos. Las fotos parecían todas instantáneas e incluso los escritores muertos parecían estar realmente vivos.”, escribió en “París era una fiesta”, su testimonio sobre aquellos años, redactado durante los años 50, pero publicado póstumamente, en 1964. Gracias a Sylvia, el autor norteamericano pudo leer a sus colegas Turgenev, Dostoyevski o D.H. Lawrence. Gracias a Sylvia, Hem pudo conseguir la inspiración adecuada para convertirse en el escritor que fue. Que es.

Se iniciaron, entonces, 20 años maravillosos en los que la librería fue epicentro cultural y bohemio por excelencia. Parafraseando una de las máximas que más se le ha atribuido a Abraham Valdelomar –curiosamente fallecido poco antes, en 1919–, Francia era París, París era los Jardines de Luxemburgo, los jardines de Luxemburgo eran Shakespeare & Company, y Shakespeare & Company era Ernest Hemingway.

Él y otros autores –o futuros autores- no llegaban solo a comprar, prestarse o devolver libros o charlar sobre literatura o la vida misma. Algunos también habitaban allí, pues funcionaba como pensión súper económica para artistas pobres y novatos que no tenían otro lugar donde sentarse a dejar que sus dedos bailen en paz sobre una máquina de escribir o esbozaran los primeros trazos de sus óleos iniciales.

Aunque por muchos años pareció que sí, esto no terminó precisamente con el cierre ante el asedio nazi. Poco después, Beach escondió en un ático al escritor húngaro de origen judío Arthur Koestler, que ya había estado a punto de morir en España a manos de los franquistas. Logró huir y ponerse a salvo. En 1956, 15 años después de haber cerrado el local original de la rue de L’Odéon, la fundadora y editora publicaría “Shakespeare and Company”, libro de memorias en el que recordaría otras presencias usuales, como el ocultista Aleister Crowley, el artista y fotógrafo Man Ray, la escritora Djuna Barnes, la fotógafa documental Berenice Abott o, por supuesto, James Joyce, a quien publicó completo su “Ulises”, sin dejarse doblegar por los riesgos que implicaba una obra tan compleja, calificada por muchos como “obscena”. Fueron mil copias de papel hecho a mano que cambiaron la historia de la literatura para siempre.

París en una fiesta. (Foto: Shakespeare & Company)

París en una fiesta. (Foto: Shakespeare & Company)

Segunda y tercera vidas

Desde 1951, la librería se ubica en el número 37 de la Rue de la Bûcherie, donde hoy vive sus horas más confusas en décadas. Fue George Whitman, un periodista y aventurero, también norteamericano, quien tomó prestado el nombre, a modo de homenaje a la librería que alguna vez había sido. Eso, a pesar de que al inicio la llamó “Le Mistral”. En poco tiempo, Whitman devolvió el nombre de la librería al centro cultural y artístico que no debió dejar nunca. La Generación Beat, encabezada por Allen Ginsberg, Gregory Corso y William Burroughs, le insufló renovada energía a su paso por París. Whitman también fue amigo de Anaïs Nin, Lawrence Ferlinghetti o Lawrence Durrell. El documental “Portrait of a Bookstore as an Old Man” (2003) cuenta interesantísimas historias sobre su vida.

En su primera etapa y durante los años de la Gran Depresión, Shakespeare and Company logró sobrevivir haciendo colectas entre amigos. André Gide fue uno de los nombres célebres que las organizó. Hoy, casi 90 años después, la histórica librería vuelve a apelar a la solidaridad. Whitman –quien recibió la Orden de las Letras y las Artes de Francia por su contribución cultural desde la librería– falleció el 2011, a los 98 años, pero su hija –llamada Sylvia, como evocando a la fundadora original–, es quien se encarga ahora de dirigirla con la misma simpatía que su padre.

Hoy tiene un café propio, además de seis pisos en los que se han seguido alojando miles de viajeros y artistas nóveles, a cambio de trabajar un día en el lugar y dejar escrita una página de autobiografía para sus archivos. Tras el llamado de auxilio, sus lectores se han manifestado en los últimos días. Los pedidos semanales aumentaron de 100 a 5 mil, rebasando temporalmente su capacidad de entregas, así que el 1 de diciembre volverán a aceptar más. Pero aún no parece seguro salvarse por completo. Si usted quiere contribuir puede apoyarlos comprando en su página web: www. shakespeareandcompany.com o apoyándolos a la vieja usanza, adquiriendo una membresía anual en https://friendsofshakespeareandcompany.com/.

Si lo hace, de pronto, un día de estos se le aparece Hemingway, vaso en mano, con la mirada chispeante, para demostrarle que París puede seguir siendo una fiesta.

Soledad Cunliffe, pareja de Fernando Ampuero. (Foto: Shakespeare & Company)

Soledad Cunliffe, pareja de Fernando Ampuero. (Foto: Shakespeare & Company)

Escritores peruanos opinan sobre Shakespeare and Company

Fernando Ampuero

“Claro que tengo fotos en esa librería. Pero me las habré hecho tomar hace cuarenta años. Esas son justamente las fotos que un escritor joven y lleno de ilusiones posee de sus primeras visitas a París. Además, yo solía hospedarme por esos años en el hotelito Esmeralda, que está a la vuelta de la Shakespeare & Co, a dos minutos a pie. Incluso, como se hacía antes, he leído libros dentro de la librería. Sería una pena que la cierren; más que una pena, una ofensa… Sé que los escritores de Francia, en protesta, van a seguir yendo ahí a comprar libros, o al menos a revisar sus laberínticas estanterías, en una suerte de desobediencia civil para impedir su clausura. Me solidarizo con ellos. Un país sin librerías es un país en la miseria. Para mí será como si cerraran un anexo del Louvre. Es una librería llena de leyendas, aunque la original estaba en otro sitio”.

Fernando Ampuero. (Foto: Shakespeare & Company)

Fernando Ampuero. (Foto: Shakespeare & Company)

Dante Trujillo

“Shakespeare and Company es parte importante de la literatura y del consumo de libros desde el siglo XX. Ha formado, de alguna manera, la cultura literaria contemporánea. También es un símbolo de la relación cultural entre Estados Unidos y Francia, sobre todo en la primera mitad del siglo pasado. La presencia de Sylvia Beach, al principio y hasta la guerra, es solo comparable con la figura de Gertrude Stein. Como sabemos, la Generación Perdida se alojaba, conseguía trabajo, robaba libros o se reunía a conversar en esta librería, que no es esplendorosa ni impresionante. Uno, por su fama, pensaría que es un palacio del libro, pero no. Es al revés, parece atiborrada, pero a la vez muy cálida, un lugar donde a la gente le provoca quedarse a vivir. Siempre ha sido un referente mundial de la cultura, de la unión de culturas y de la celebración de la literatura. A mí me ha inspirado mucho para el lanzamiento de librería Buensalvaje. Ojalá que con el apoyo de los lectores se salve, porque sería salvar un icono de la cultura contemporánea”.

Pierre Castro

“Leí ‘París era una fiesta’ mientras recorría las calles de París. El capítulo 4 lo dedicaba a esta librería que era como las que vemos nosotros aquí en Quilca, Camaná o Amazonas, y pensaba en la mancha de Hemingway, gente chibola, sin plata ni para comer ni comprarse vinos que iba a pedir libros prestados. Eso me pareció hermoso, un paralelo a cuando yo coleccionaba libros con pocas monedas. La librería es chiquita, es bien bonita, colorida, acogedora, como una librería de viejo en la que provoca husmear y meterse por rincones, es parte del ambiente de la película “Midnight in Paris”. Muy distinto al ambiente de las grandes cadenas, todas iluminadas, donde sientes que compras solo productos, sino mas bien como una casita a la que entras a recoger historias. Estando allí, sientes que ese lugar ha sido creado por una persona que amaba los libros y que quiso crear un lugar donde más gente se enamorara de ellos. El fin era compartir historias, no hacerse rico”.

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