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Salvador Moreno Peralta: Lastra y el tiempo

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La señorita Lastra, portavoz socialista en el Congreso, con el ímpetu irreflexivo y la absoluta inconsciencia que sólo la juventud puede hacerse perdonar, ha dicho sin miramientos que ella representa al nuevo PSOE que ha venido a liquidar al viejo de sus papás que, surgido del Congreso de Suresnes, tanto contribuyó al éxito de la Transición. Esto de liquidar viejos está de moda y, parafraseando irrespetuosamente a Adolfo Suárez -(¿quién era ese señor?)- parece que ahora se trata de elevar a normalidad institucional lo que, a nivel de calle, el aciago «neomalthusianismo» de la Covid-19 ya lo había hecho simplemente normal.

La cara de estúpidos que se les habrá quedado a los viejos militantes socialistas así arrumbados debe ser la misma que se le quedó a mi padre cuando mandé al diablo a toda su generación, lastrada por la necesidad de sacar adelante un país esquilmado y los pesadísimos traumas que en ella dejó la Guerra Civil. A todo eso les opusimos el océano de libertad bajo los adoquines del Mayo/68 -¡qué bien lo pasamos!- y, más tarde, ese pequeño siglo de Pericles que fue la gloriosa «movida» ochentera, cuya creativa ventuosidad dejó un indeleble aroma en la cultura española, todavía no disipado. Y será esa misma cara la que se le quedará a la señorita Lastra cuando, pasados unos años, sus hijos la manden a ella al desván de la Historia como protagonista de aquel PSOE -el de hoy- que acometió la hazaña de sustituir la firme solera de la socialdemocracia por la excitante pista de hielo de las posverdades, sin percatarse de que, de tanto patinar, estábamos rebajando las habilidades de la bipedestación al patoso anadeo de los pingüinos. Pero a ese nuevo mundo ya no perteneceré, y sentiré de veras no estar en él en esas fechas para, con toda cordialidad, darle personalmente la bienvenida al club de los amortizados.

Todo esto es lo que con profundidad filosófica llamamos ley de vida, que nos sirve para poco más que para rellenar los embarazosos silencios de los sepelios. Pero lo cierto es que, hasta que los tertulianos lo pusieron de moda, no sabíamos que cada generación necesitaba un «relato», es decir, un panfleto henchido de épica con el que seguir el guión ritual de matar a papá, aunque al final todo se quedara en la rueda fatídica -y fastidiosa- del eterno retorno. Durante la juventud, que es cuando la conciencia del olvido está aún lejana, ese relato se va construyendo día a día como un himno, en movimiento y jubilosamente, al estilo de «La Marsellesa». Pero no bien ese relato ha quedado escrito, empieza a marchitarse como una flor, de forma que, perdido el atractivo de la lozanía, se degrada en rancia batalla del abuelo, fuera de tiempo y de lugar, cumpliéndose la implacable desafección de Cronos, tan bien expresada por Vasili Grossman, «el tiempo sólo ama a aquellos que ha engendrado: a sus hijos, a sus héroes, a sus trabajadores. No amará nunca, nunca, a los hijos del tiempo pasado, (…)». Si el ser humano es más historia que naturaleza, como decía Ortega, entonces el paso del tiempo por las arrugas del cuerpo y del alma está estrechamente relacionado con lo que sucede alrededor, más que con la conciencia de los achaques. Y sobre lo que sucede alrededor pueden darse dos situaciones: o que las protagonices o, simplemente, que las observes. Cualquiera de nosotros podemos recordar cuando protagonizábamos el tiempo en que vivíamos conforme a la ley de ese tiempo; pero también recordamos el día en el que pasamos de ser protagonistas a observadores, imperceptible, implacablemente.

En el balance de la quinta socialista de Felipe González o Alfonso Guerra pesa muchísimo más lo que hubo de protagonistas sobre lo que hubo de observadores, tanto al menos como para merecer un cierto respeto por parte de los que pertenecen al gremio de la política y más aún de la misma cuerda ideológica. Si no me equivoco, en zoología hay pocos casos de exterminio de viejos, y lo mismo ocurre con las culturas humanas, que suelen reverenciar la sabiduría de la ancianidad salvo, quizás, esos prístinos aztecas con los que tan ineducadamente nos comportamos los españoles. ¿A qué se debe, pues, este áspero y enrabietado desprecio a la experiencia de los mayores, esta imperiosa necesidad de cancelar, no una ideología, sino toda una etapa generacional? ¿No estará aquí escondida una de las claves profundas de la política del momento?

Sorprende hoy oír a dos políticos decir que están en las «antípodas» ideológicas para luego subir a un estrado y pronunciar un discurso crispado, ramplón y grosero con idénticas formas. Como explica Maurizio Ferraris, esta coincidencia formal, que es la expresión del populismo en el que, a su vez, ha cristalizado la banalidad posmoderna y el «todo vale» de la posverdad, es lo que ha sustituido hoy a las ideologías, por más que asistamos a esa estomagante farsa de las «antípodas». Cuando las referencias ideológicas y programáticas son tan líquidas no podemos utilizarlas como diana de nuestras invectivas ni apoyo de nuestras defensas: las ideas hoy son un blanco móvil, y en la desesperación no nos queda otro recurso para justificar nuestro rol político -la función y el sueldo- que inventarnos al verdadero enemigo: el blanco fijo del árbol generacional, o sea, nuestros mayores, esos representantes de una generación llamada «tapón», pues no con sus obras, ni siquiera con sus ideas, sino con su sola presencia obstructora estarán subrayando acusatoriamente, desde el púlpito de su legitimidad cuestionada, lo que es un clamor plebiscitario: que la clase política actual es la peor de nuestra democracia; y que la creación de un enemigo exterior es el recurso más antiguo del mundo para justificar la supervivencia de una minoría dirigente cuando se siente amenazada en sus privilegios. Sólo que en este caso el enemigo exterior… es de los nuestros.

Salvador Moreno PeraltaSalvador Moreno Peralta

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