Entretenimiento

Ricardo Blume | El tío Negro, por Patricia del Río | OPINION

Ricardo Blume | El tío Negro, por Patricia del Río | OPINION


Conforme a los criterios de

Trust Project

Saber más

Así le decían. Y para una niña de ocho años que crecía en una familia donde la claridad de la piel parecía una obsesión, que a mí me dijeran “Negrita” y a él, “el Negro”, me hizo sentir siempre un poco más valorada. Me ayudó a aceptar que no ser rubia no estaba tan mal. Traverso vivía en México, era uno de los actores más famosos de ese inmenso país y salía en todas las novelas: un día era el papá de Cristina en “Mundo de Juguete”, otro le estaba dando un beso apasionado a Lucía Méndez en “Viviana”. Yo llevaba una foto suya autografiada en la mochila para pavonerame en el colegio y tratar de hacer más amigas.

PARA SUSCRIPTORES: “Borat, siguiente película documental”: la crítica de Sebastián Pimentel al estreno de Amazon Prime

El hombre de la mirada dulce y penetrante, que le dio al “galán” una dimensión inteligente, desplegaba su talento en México, bajo el manto de la gran cadena Televisa; y los peruanos que lo admiraban no podían abarrotar las salas de teatro del DF donde mostraba su faceta más interesante sobre las tablas. Durante años, vivió allá con su familia, porque su espíritu libre y profundamente ético le impidió venir a vivir bajo las botas de los militares que habían usurpado el poder.

Solo cuando el Perú recuperó la democracia y Fernando Belaunde asumió la presidencia, el tío Negro abandonó el DF en la cúspide de su carrera. Se trajo a su familia que ya estaba adaptada a la realidad mexicana y se dispuso a trabajar con sus amigos de siempre: Lucho Peirano, Alberto Ísola, Coco Guerra. Después de diez años de ausencia, Lima volvía a gozar de su talento en obras como “Gepetto” o “Emigrados”; pero la crisis económica de los ochenta y el terrorismo le jugaron en contra. El actor de moda que había dejado una carrera exitosísima en México veía pasar sus días en Lima sin poder trabajar: los apagones, la falta de producciones nacionales, la convulsión de esos años lo sentaron, como él dice “en la banca de suplentes” y consumió sus ahorros de años de trabajo.

Cuando en 1992, Televisa volvió a ofrecerle trabajo, Ricardo ya no era el galán de moda que había abandonado México una década atrás. Ya tenía más de 60 años y el pelo blanco, y si volvía sabía que le esperaba otro lugar en ese mundo tan farandulero de la tele. El Negro regresó para hacer de portero de colegio de la exitosísima serie “Carrusel” y se metió a los mexicanos otra vez al bolsillo. Regresó con la humildad de los grandes, a actuar en lo que pudiera porque un actor que no trabaja no existe. Televisa le ofreció un contrato exclusivo cuyo gancho más interesante no era volver a la pantalla chica (que nunca fue su lugar predilecto) sino hacer nuevamente teatro, en serio y del bueno. Y su nombre rápidamente volvió a convertirse en garantía de calidad en cualquier obra que interpretara.

Del tío Negro aprendí a leer de todo, pero sobre todo a los grandes dramaturgos de la historia, tenía una biblioteca increíble que yo devoraba con y sin su permiso. Aprendí lo que era escribir una columna divertida porque jamás me perdía las suyas en El Comercio (como cada jueves). Y continué aprendiendo, a pesar de la distancia.

No es fácil encontrar humildad en hombres tocados por el enorme talento. Pero el Negro supo ser cálido y sencillo, en lugar de engreído y pomposo. Jamás dejó de aprender, y tal vez su mayor don es que supo enseñar sin dar lecciones.

Ayer tuvimos que despedirlo y los peruanos recibimos con pena genuina el adiós de uno de sus mejores actores. Su público se queda con los mejores recuerdos de su trabajo. Para sus sobrinos, en cambio, siempre será el tío cómplice, que sacaba la guitarra para hacernos cantarle a una rana que estaba sentada cantando debajo del aaaaagua. Con gallo incluido.

Adiós, tío Negro.



Source link

También pueden gustarle