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¿Por qué somos tan tontos los europeos?

¿Por qué somos tan tontos los europeos?


En Europa gozamos aún de un sistema de garantías que los chinos no tienen. ¿Buscamos nuevo amo? Lo tendremos


Imagen propagandística del presidente chino, Xi Jinping.
ALY SONG REUTERS

Nació en China, el coronavirus, y se extendió por el mundo entero. En su lucha contra él, el gobierno chino impuso la cuarentena en Wuhan, militarizó la zona y siguió controlando la información.

Ahora los europeos cantamos las loas de la eficacia china que, pese a haber tenido más de 82 mil infectados, sólo ha registrado 4.633 muertos por coronavirus. Y los medios de comunicación de toda Europa se encargan de subrayar el gentilicio de la ayuda que nos llega, que ya no es “americana” sino “china”.

China es el nuevo modelo, el modelo deseado ahora. Lo es frente al oligofrénico Trump. Y en España lo es también frente al secular y malvadísimo imperialismo estadounidense. A la espera de una nueva potencia económica.

Antes de la caída del Muro de Berlín en 1989, la República Polular de China ya había abierto sus puertas a la economía de los países del otro lado del Telón de Acero. Inspirada en la pragmática de Deng Xiaoping, la Ley de Empresas Mixtas Sino-Extranjeras de 1979 amparó la creación de Zonas de Economía Especial y promovió la inversión de capital foráneo en el país.

China abrió su economía al mundo occidental diez años antes que la URSS, pero no ha abierto su política a los Derechos Humanos ni a las democracias occidentales. El control político del Partido Comunista Chino siguió siendo férreo. Así lo demostró la sangrienta represión de los estudiantes en Tiananmen el 4 de junio de 1989, que pedían algo parecido a la glasnost soviética o incluso a la libertad estadounidense.

Desde la quinta década del siglo XX existen campos de trabajo forzoso en China. Y al menos desde 1979 China exporta los productos de un trabajo tal. La forma de este tipo de trabajo ha ido cambiando con el paso del tiempo, pero las condiciones materiales del mismo han permanecido prácticamente idénticas durante los últimos 70 años, es decir, a lo largo de toda su historia.

El laogai en sentido estricto, los campos para la reforma mediante el trabajo, el trabajo correccional penal desaparece formalmente en China en 1997.

El laojiao, los campos para la reeducación mediante el trabajo, el campo de concentración (Konzentrationslager) chino desaparece formalmente en 2013. Un laojiao es un lugar donde trabajan forzadamente detenidos no juzgados a los que las empresas chinas no pagan directamente porque pagan, siempre por debajo del salario medio chino, a los encargados de la vigilancia y custodia de quienes así trabajan.

El Jiuye, el empleo forzoso, fue el colofón de estas dos formas de trabajo mencionadas mientras existieron y parece que está vigente en China al menos desde 1984. Pero el jiuye ya sí es una forma de trabajo asalariado. Ahora bien, ¿cómo llamar a un trabajo precariamente asalariado (que representa aproximadamente el 70% del salario de un trabajador medio en China) que no es una pena impuesta por un tribunal de justicia sino una mera sanción administrativa (que generalmente parte de una detención policial) que asigna obligatoriamente un lugar (un campo) al trabajador durante un tiempo discrecional en unas condiciones que el trabajador no elige?

En 1991 se prohibió en China la exportación de los productos del trabajo forzoso. Ninguna empresa occidental compró directamente desde entonces los productos del laogai o el laojiao mientras fueron legales estas formas de trabajo en su República Popular. Pero parece que desde 1991 el Estado socialista chino “bajo la dictadura democrática del pueblo” (según definición constitucional) ha venido blanqueando los productos del trabajo forzoso destinados a la exportación.

Según datos facilitados por la Laogai Research Foundation, en el año 2009 existían en China al menos 909 campos de trabajo forzoso verificados. La denuncia de la existencia de trabajo forzoso en China no es infrecuente dentro de nuestras sociedades y los gestos de condena por parte de algunas empresas y gobiernos occidentales tampoco. Pero…¿ha permitido alguna vez el gobierno chino que una comisión internacional compruebe el estado y función de, por ejemplo, los más de mil campos de trabajo forzoso con sus industrias-testaferro denunciados en el Handbook Laogai 2007-2008 de dicha fundación, donde aparecen con sus localizaciones y códigos postales y sus números de teléfono y fax? No. ¿Acaso han desaparecido las construcciones correccionales visibles en el Google Earth que se encuentran en los sitios donde esta fundación dice que están esos campos? Tampoco.

Cabe postular, pues, que actualmente existen en el llamado País del Centro una gran cantidad de campos de detención funcionando bajo la forma del “empleo forzoso” (jiuye), que es una forma de trabajo forzoso precariamente asalariado que produce mercancías que se venden por todo el mundo a unos precios sin competencia. Esta forma de empleo se encontraría operando en los mismos lugares que ocuparon los desaparecidos (por decreto) laogai o laojiao, imponiendo sus mismas disciplinas laborales. Gracias a simples detenciones policiales, la administración china podría poner a disposición de algunas empresas propias todo un mercado de trabajo “esclavo”, forzoso, cautivo y mal pagado, cuyos productos altamente competitivos entrarían en el comercio internacional.

El férreo control político en la República Popular de China estaría, así, íntimamente ligado a su economía. Gracias al trabajo esclavo, el Gigante Asiático tendría empresas que pagan salarios por debajo de la media y venden sus productos baratos en el mercado internacional, compitiendo deslealmente con las empresas de los países más desarrollados o, dicho de otra forma, liderando la precarización de las condiciones laborales en el mundo entero.

En Europa gozamos aún de un sistema de garantías que los chinos no tienen. ¿Qué pasa entonces? ¿Buscamos nuevo amo? Lo tendremos. Pero ¿por qué uno más feo?

Raúl Fernández Vítores es profesor de Filosofía, escritor y autor, entro otros, de Viaje a Tiajin (Ed. Confluencias).

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