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Política | COVID killed the ODS star – El Salto

Política | COVID killed the ODS star - El Salto


Perdonen el spanglish del título, sólo era para llamar la atención. A mucha gente ya le costará identificar las siglas de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), como para ponerlo en inglés (Sustainable Development Goals, SDG).

Uno se hace viejo, y la sensación de que el mundo devora conceptos e ideas a una velocidad cada vez más intangible, crece por momentos. ¿Habrá tantas palabras en el mundo como para mantener este ritmo in crescendo? ¿Podrá nuestra creatividad con las ganas de estrenar ideas y tendencias cada principio de temporada?

Hace pocos meses, prácticamente ayer, todos nuestra progresía política se colocaba el símbolo multicolor de los ODS en su solapa, como antes hacían nuestros mayores con aquellas hermandades más o menos casposillas del subdesarrollo. Un toque de distinción, un saber estar en la jugada, un savoir faire. A González Laya le espetaron desde las filas de Vox, días atrás en su comparecencia en el Congreso, que España tenía que hacer una cooperación internacional “sin ideologías, de pozos y escuelas”. Hábilmente, la responsable de Exteriores replicó que la única ideología que movía a su ministerio era la de los ODS. Touché. ¡Hala! Ya puedes llamar a la cabra de la Legión, ¿si la ONU conmigo, quién contra mí?

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio, la versión previa a los ODS de un plan para evitar el naufragio del mundo tal y como lo conocimos, nos aguantaron quince años. Entre las víctimas de la pandemia de este 2020, quizás también se encuentre su secuela, ni cinco años, oiga. Llegó la COVID y mandó parar. En estos meses de martirio en forma de webinar non-stop, no recuerdo haber visto más los pines en las solapas al otro lado de la pantalla. Lo que sí que he visto es cómo el virus ha acaparado con toda las prioridades, con lo urgente, lo cual es evidente, y con la agenda de los próximos años. Y escribir una hoja de ruta en la que quizás sea la última década en la que podamos enmendar el rumbo que nos ha llevado hasta aquí, no hace más que añadir dramatismo a una situación de por sí escalofriante. 

Ya hace tiempo que resulta evidente que al actual sistema político y de gobernanza le vienen muy grandes los desafíos que tenemos por delante. Todo lo que sea a más de 4 años vista o que precise de ciertas dosis de audacia y desapego a las encuestas o el twitter, escapa a sus posibilidades reales. Tener algo como la Agenda 2030, aunque fuera claramente insuficiente, marcaba un precedente interesante, algo inapelable a lo que remitirse, como hacía nuestra ministra. En un primer momento, quizás las horas de encierro y el aire excesivamente puro de la ciudad, nos llevaron a pensar que había una oportunidad de oro con la pandemia. Ahora o nunca, la ocasión para aplicar una especie de doctrina del shock ambientalista e irnos arriba, empezando por esos municipios que parecían ser por momentos los impulsores de un cambio real y sustacial.

Después de ver los resultados de la comisión de reconstrucción del Congreso, me temo que con suerte le vamos a sacar a todo esto unos cuantos carriles bici más en nuestros barrios. Las señales de que no hay arrestos ni coraje suficientes para imponer un golpe de timón de calado son abrumadoras. Seguimos apostando por los acuerdos de comercio diseñados y construídos alrededor del extractivismo y las grandes corporaciones: en agosto entra en vigor el UE-Vietnam, y el UE-Mercosur parece imparable, con todos sus impactos a nivel de emisiones de CO2, biodiversidad, derechos humanos, etc. Seguimos invirtiendo y vendiendo armas: 30 veces más a Arabia Saudí en 2019 y 5 corbetas que estarán listas en 2021 (a ver quién rompe un contrato de 1.800 millones de euros), o 2.100 millones en blindados para nuestro ejército. Por poner dos botones de muestra. Ni siquiera una reforma laboral en condiciones, que restituya los derechos de una clase trabajadora que las va a pasar canutas en los próximos meses, o acabar con la ignominia de una ley mordaza que en estos días cumple 5 años.

También en estos días se ha acabado de elaborar una estrategia de cooperación internacional en tiempos de COVID. Como en el resto de asuntos, falta la mirada y la paciencia de quien acomete un largo viaje. Seguimos preferiendo encontrar la vacuna (sin garantías de que sea libre de patentes) a fortalecer los sistemas de atención primaria de salud y, por supuesto, sin saber de dónde van a salir los recursos para tanto compromiso grandilocuente. Queremos acabar con los síntomas, sin tomar en cuenta la enfermedad.

Para España, el Sahel sigue siendo nuestra frontera, como nos recordaba nuestro presidente esta semana en la cumbre del G5 a la que se desplazó, y no una región duramente castigada por la emergencia climática. El yihadismo, una amenaza, un adversario a abatir, no la consecuencia de otra mordaza más dura y longeva que la nuestra. Si todavía no sabemos que sin justicia, no habrá seguridad para nadie, es que no hemos aprendido nada. O que preferimos hacer negocios con el miedo: en los últimos cinco años, dos tercios del dinero público invertido en control migratorio en España ha ido a parar a diez multinacionales, abonadas a las puertas giratorias.

Este no es país para planes, solo para consensos previsibles, muchas veces miedosos o miopes, o lastrados por hipotecas inconfesables. Pero la COVID es solo la primera bocanada de un futuro que puede ser brillante o nuestro azote. Sólo hay un plan: no perder la estrella del Norte para no estrellarse.



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