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Pandemia, Turbulencias Económicas y Responsabilidades Globales en Perspectiva |


Visión Global

De tanto en tanto, el mundo enfrenta un nuevo gran reto. En la actualidad parecen converger la aparición de la pandemia del COVID-19 y el tan anunciado reacomodo de los mercados financieros y la entrada en una nueva recesión mundial, acompañada del derrumbe del mercado petrolero. Se están viendo ya reacciones a estos sucesos desde distintos frentes, tanto de científicos como de agentes de mercados y gobernantes para atajar los efectos dañinos de la situación generada.

En su extremo, el reto que tiene la humanidad es darle continuidad a la especie humana en las mejores condiciones posibles, ajenos de pandemias, y con estabilidad y bienestar, pero definiendo las responsabilidades en un claro código de conducta mundial que incluya premios y castigos.

Pandemia y Deterioro del Mercado Petrolero

En primer lugar, valga tener como marco de referencia lo que ha significado la pandemia hasta el presente. Haciendo un corte al 14 de mayo, el COVID-19 registraba más de 4,4 millones de personas contagiadas y generaba 300.000 muertes, llegando a más de 210 países. Las cifras son ya muy significativas por el número de afectados y su propagación geográfica.

Aparte de la superación de la propia pandemia COVID-19 se le suman los efectos económicos que ella ha potenciado. Los mercados mundiales se han afectado y muy en particular el petrolero, que marcó record el 21 de abril con una caída sin precedentes en la historia de los precios petroleros, llegándose a cotizar el WTI en cifras negativas. Sin embargo, el revote del precio no se hizo esperar y al día siguiente se elevaba a US$/bl 14 para el WTI y US$/bl 20 para el Brent.

En estos momentos, la demanda petrolera está seriamente restringida y las capacidades de almacenamiento de la oferta petrolera están casi saturadas y limitadas, lo cual le da soporte a los bajos niveles de precios petroleros alcanzados a comienzos de la semana del 21 de abril. Esta realidad se enfrenta a otra que indica que buena parte de la producción mundial de crudo requiere precios mínimos entre US$ 20-25 para que sea rentable, entre ellos la de EEUU, de lo contrario las empresas productoras tendrían que cerrar sus puertas. Esto ocurriría con producciones en otros países también. Se dice, por ejemplo, que el 51% de la producción petrolera de Canadá y el 52% de Venezuela no serían rentables a menos de US$ 25 (Fuente: Wood Mackenzie).

Por su parte, de mantenerse los niveles de precios actuales, saldría del mercado parte de la oferta ante la bancarrota de las empresas operadoras, ayudando teóricamente a la recuperación de los precios; no obstante, su lugar sería realmente ocupado por otros productores. De ocurrir esto, quedaría sin efecto cualquier subida de precio que se haya podido experimentar circunstancialmente.

En este contexto, CNN recientemente publicó el siguiente texto:

“El crudo estadounidense para entrega en junio todavía se cotiza por encima de US$ 20 por barril, pero incluso eso es desastroso…
“US$ 30 ya es bastante malo, pero una vez que llega a US$ 20 o incluso a US$ 10, es una pesadilla”, dijo Artem Abramov, jefe de investigación de esquisto de Rystad Energy”.
“Muchas compañías petroleras se endeudaron demasiado durante los buenos tiempos. Algunas de ellas no podrán sobrevivir a esta recesión histórica.”
“En un entorno petrolero de US$ 20, 533 compañías estadounidenses de exploración y producción petrolera se declararán en bancarrota a fines de 2021, según Rystad Energy. A US$ 10, habría más de 1.100 declaraciones de bancarrota, estima Rystad.”
“A US$ 10, casi todas las empresas estadounidenses de exploración y producción que tengan deudas tendrán que presentar el Capítulo 11 o considerar oportunidades estratégicas”, dijo Abramov”. (CNN Español. Petróleo. Los precios del petróleo cayeron a negativo; cientos de compañías petroleras de EEUU podrían ir a la quiebra” por Matt Egan, 21 abril 2020)

Adicionalmente, cerrar producción petrolera significa riesgo de clausurar pozos petroleros temporal o permanentemente, o incurrir en altos costos para restablecer su operatividad. Si se prolonga mucho su reapertura se corre el riesgo de no hacerlos operativos o en todo caso muy demandantes de recursos para reactivarlos, como ocurrió bajo la huelga petrolera de Venezuela 2003-2004.

Lo cierto es que con la combinación de las siguientes tendencias: alta oferta petrolera mundial, niveles de almacenamiento de petróleo en sus topes, precios petroleros por debajo de US$ 20-25, y una pandemia en pleno desarrollo, no parece previsible la recuperación sostenida de la economía mundial y los índices bursátiles.

Vale recordar que la producción mundial de petróleo de 2019 estuvo alrededor de 80 MM b/d, donde EEUU produjo 15 MM b/d (consumo de 22 MM b/d); mientras que China tan solo produjo 4 MM b/d (consumo de 17 MM b/d), mostrando una más alta dependencia de las importaciones de crudo que EEUU. Ceteris paribus y a los niveles de precios actuales, lo anterior pone de manifiesto que China se vería más beneficiada de precios petroleros bajos por su necesidad de importar alrededor de 13 MM b/d (se abaratarían sus importaciones de petróleo). Por otra parte, China, de tener capacidad para almacenar petróleo, podría tener ahorros importantes y podría mantener un alto nivel de actividad económica. Recordemos que otros grandes productores petroleros son Arabia Saudita y Rusia (2do y 3er productores mundiales), pero que en contraste con China y EEUU son ampliamente superavitarios. La reducción del consumo sin reducción de la producción a nivel mundial no restablecería el equilibrio perdido y el bajo nivel de precios.

Mercados Financieros, Recesión y Programas de Ayuda

Pero el descalabro del mercado petrolero profundizó la inestabilidad de otros mercados, donde hasta el 96% de las acciones de las empresas del S&P 500 disminuyeron su precio el martes 21 de abril. ¿Cuál es el problema adicional que existe y tal vez el más serio (como si no fuese serio el que ha ocurrido)? Pues que al parecer los mercados solo están mostrando los efectos derivados del COVID-19 y el mercado petrolero, sin estar corrigiendo, al menos explícitamente, los problemas subyacentes en otros mercados, no corregidos desde la crisis financiera del 2008-2009, especialmente los mercados hipotecario y bancario.

Mucho se había venido hablando durante los últimos años de la amenaza de una nueva crisis financiera y recesión, tanto por los desequilibrios existentes como por el cumplimiento de los ciclos económicos; sin embargo, el ciclo positivo se fue alargando y los mercados empezaron a ser crisis por la aparición del COVID-19. En efecto, si se observa el comportamiento de los mercados financieros hasta finales de 2019, advertiremos una situación totalmente distinta a la que presenciamos en la actualidad, donde los más importantes indicadores bursátiles daban cuenta de tendencias positivas y ganancias en general, por supuesto, con las excepciones del caso. Sin embargo, el mercado petrolero mundial que reportaba niveles de precios de $ 60 el barril a finales de 2019, se desplomó a niveles negativos el pasado martes 21 de abril para entrega de crudo en mayo. Como se destacó anteriormente, los precios tuvieron un repunte el 22 de abril hasta alcanzar US$/bl 14 el WTI y US$/bl 20 el Brent, al tiempo que los indicadores bursátiles del mundo también se recuperaban parcialmente. Un escenario así avizoraría elementos recesivos en la economía, pero valdría preguntarse: ¿Estaríamos en recesión si no hubiese aparecido el COVID-19?

En todo caso, para atender las posibilidades de una recesión, EEUU, Canadá y UE, entre otros, son algunos de los países que vienen conformando paquetes de ayuda para atacar los problemas actuales e incluso futuros, tanto de soporte al sector salud como a las empresas y los ciudadanos-trabajadores. En este respecto, como esfuerzo adicional a lo aprobado originalmente, EEUU aprobó un nuevo apoyo a las pequeñas empresas por US$ 484,000 millones (incluido el apoyo a hospitales y ampliación del número de pruebas de contagio), adicional al paquete que fuera aprobado a finales de marzo pasado por US$ 2,200 billones. Por su parte, al interior de la Unión Europea (pese a la oposición de Alemania) se realiza otro esfuerzo: Francia planteó la creación de un fondo conjunto para la Unión por 400.000 millones de euros, recursos adicionales estos a los que se utilizarían para dar asistencia de emergencia vía Banco Central Europeo y otras instituciones de la UE para luchar contra los efectos económicos derivados de la pandemia.

Desde una óptica realista, tal vez el COVID-19 ha acelerado la esperada nueva crisis financiera mundial. La aparición de la pandemia se ha adicionado a los desequilibrios propios de los mercados y que demandaban ser corregidos. Esto hace más exigente la calidad de las soluciones (en términos de suficiencia, efectividad y oportunidad) para su superación.

A título de referencia, el FMI revisó recientemente sus proyecciones a raíz del COVID-19, estimando que mientras EEUU mostraría una caída en su PIB de 5.9% (recuperación de 4.7% en 2021), China mostraría un débil crecimiento de 1.2% en 2020 (9.2% en 2021), luego de asumir una contracción en el primer trimestre (estimada en 6.8% por la Consultora Capital Economics). Estas estimaciones suponen una salida de la pandemia más temprana para China que para EEUU.

Riesgo Inflacionario y Conmoción Social. Buscando Soluciones Pragmáticas

Por otra parte, la búsqueda de soluciones para superar la situación actual en los mercados, afectados por la pandemia COVID-19, demanda ser asertivos y ello no está exento de costos. Y es que la atención de los efectos económicos podría conducir a un riesgo inflacionario en el mundo por restricciones en la oferta de bienes y servicios, no totalmente estimable hoy día. La causa de este riesgo podría estar potenciada por los grandes estímulos fiscales que ya se han comenzado a conformarse, que buscan restablecer la oferta, pero con soporte de demanda. El comportamiento del consumo tendería a ser la variable clave y determinante en la materialización del riesgo inflacionario.

Si permanecen las medidas de aislamiento y distanciamiento social, es decir, de una vida “no normal”, y se mantienen los apoyos fiscales a la ciudadanía, se podrían conformar las condiciones para un brote inflacionario porque tendríamos al aparato productivo cerrado o trabajando a medias con presión de demanda. Esta presión de demanda se realizaría vía gasto fiscal y se materializaría a través de ciudadanos con capacidad de compra pero no generadores de producción, pues dispondrían de ingresos para ser gastados en su condición de desempleados o como no formando parte de la fuerza de trabajo (seguros al desempleo o subsidios fiscales directos). En pocas palabras, realizando un gasto por parte de una población no generadora de bienes y servicios.

En este escenario, el reto es cómo contener la demanda agregada ante el estímulo fiscal a fin de aminorar los efectos adversos sobre los precios. A su vez, se plantea cómo sostener una oferta suficiente de bienes y servicios para así mantener operativo el aparato productivo y los puestos de trabajo. La atención adecuada de estos factores, apoyada con otras políticas monetarias y financieras, ayudaría enormemente a aminorar las presiones sociales y evitar potenciales estallidos sociales que pudieran acarrear problemas mayores.

Pero buena parte de la solución mágica está en la combinación sincronizada entre las políticas de oferta y de demanda, entendiendo que la de oferta significa la reapertura de las empresas y los puestos de trabajo, a la que muchos parecen estar opuestos hoy día para evitar la propagación del COVID-19.

No obstante lo anterior, es importante tener claro que los estallidos/conmociones sociales pueden darse como derivación no solo de hechos económicos asociados a la falta de un empleo, la insuficiencia de un salario, la incapacidad para adquirir bienes y servicios básicos, la imposibilidad de pagar el crédito hipotecario o el alquiler de las viviendas, sino también por los elementos asociados a las dificultades mismas
de superar la pandemia del COVID-19 en un tiempo razonable. De no ocurrir esto, el riesgo de protestas/conmociones/estallidos sociales podrían estar presentes y extenderse.

Pudiera ser muy arriesgado, pero la mejor decisión parecería estar asociada a la necesidad de extremar los esfuerzos para encontrar una solución médico-sanitaria que permita erradicar el COVID-19, combinada con la reapertura progresiva y programada de las empresas y centros de vida social. Esto tendría que ocurrir (como de hecho se está intentando hacer en algunos países o regiones) adoptando estrictas medidas de seguridad en las empresas y los sitios públicos durante el tiempo que sea necesario. Priorizar ciertas empresas sobre otras, así como sitios públicos, acorde a su relevancia en la dinámica económica y social, resultarían imprescindibles. De esta manera, se permitiría superar la pandemia y aliviar los efectos económico-sociales antes señalados. Medidas de aislamiento total no parecerían funcionar.

Resulta obvio, pero la búsqueda de un objetivo de compromiso (no necesariamente el más deseable) debería ser aquel que ponga énfasis en destinar los mayores esfuerzos a la investigación y contención de la pandemia (esfuerzos que desde múltiples centros ya se vienen realizando), conjuntamente con la minimización de los costos sociales y económicos. Ello debería conducir a obtener relativamente pocas personas contagiadas y fallecidas, actividad económica en marcha, empleo, sin brotes inflacionarios y protestas sociales controlables.

Mirando a Futuro: Superación de la Coyuntura, Costos y Responsabilidades

La recuperación o restablecimiento de “los equilibrios” en los mercados, obviamente que es posible, … se ha hecho en otras oportunidades. Pero la superación definitiva de situaciones de pandemia no solo requiere de ingentes recursos financieros, y de mayores y mejores capacidades sanitarias (tanto de prevención como de corrección), sino de “la voluntad de no volver a pecar” por parte de quienes son responsables de la pandemia actual, y si se peca, tener la suficiente transparencia para enmendar los errores y asumir los costos del mal generado, aunque bien es sabido que la vida humana no es reparable.

Cabe esperar que mientras se supere definitivamente la pandemia y otros problemas estructurales y coyunturales de la economía mundial, se observen avances y retrocesos en los mercados, que obligaran al seguimiento cuidadoso y de muy corto plazo de los mercados, mientras se define una tendencia estable y clara de recuperación. Se estima que pasará algún tiempo antes de que “veamos la luz al final del túnel”. Al mismo tiempo, habrá de poner atención a controlar las posibles mutaciones del COVID-19 que pudieran producirse.

En el ínterin, hay que entender que si bien la salida a la actual situación del mundo tiene costos de corto plazo, también nos traerá grandes beneficios de mediano y largo plazo si se atiende oportuna y adecuadamente. Normalmente no hay aplicación de políticas económico-sociales de “costo cero”,… y en las circunstancias actuales menos aun.

Finalmente, los desequilibrios e inequidades de los mercados financieros deben ser corregidos, pero más aún las responsabilidades ante el COVID-19 o cualquier otra pandemia de características biológicas o químicas. Estas responsabilidades deberían ir a la par de aquellas de carácter medioambientales que algunos tratan de negar. En paralelo, bien valdría comenzar a estudiar mecanismos a escala mundial que impidan y castiguen la toma de ventajas financieras en los mercados derivadas de circunstancias extraeconómicas, como ha sido el COVID-19. Visiones sesgadas por el poder, sean estas de orden ideológico o que respondan a intereses económicos, deben ser neutralizadas y erradicadas en un nuevo mundo.



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