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Pacifismo | La desertora, un libro de relatos de Halma Angélico – El Salto

Pacifismo | La desertora, un libro de relatos de Halma Angélico - El Salto


La desertora es una reedición de relatos escritos por Halma Angélico, escritora nacida en 1888, muy conocida en tiempos de la II República como escritora y, sobre todo, autora teatral, cuyo rastro se perdió en la historia, como el de tantas mujeres intelectuales de su época, después de la guerra.

En el prólogo del libro (editorial Renacimiento), Ivana Rota, su editora, hace una amplia reseña biográfica de la autora: su feminismo y la represión sufrida por su militancia de izquierdas al final de la guerra, su presidencia del Lyceum Club, próximo a la Institución Libre de Enseñanza, y su cargo de vicepresidenta de la Asociación Nacional de Mujeres españolas. También se habla de su pertenencia al sindicato anarquista, CNT, del que se dio de baja en 1938 por las crueles críticas de sus compañeros a raíz del estreno de su obra teatral AK y la Humanidad. Esta obra se anunciaba como la adaptación de un relato del escritor ruso Jefim Sosulia y contaba con la autorización de la Junta de Espectáculos. El estreno, que recibió los aplausos de público, tuvo lugar el mes de agosto de 1938.

Por esas mismas fechas, el 18 de julio, solo un mes antes de la representación, el presidente de la República, Manuel Azaña, pronunciaba su célebre discurso Paz, piedad y perdón en el ayuntamiento de Barcelona, con el deseo inequívoco de parar la guerra, (acababa de empezar la batalla del Ebro, que duraría de julio hasta noviembre). La pieza teatral de Halma Angélico tiene esa misma intención pacificadora, es una llamada a la reconciliación y a parar el derramamiento de sangre que estaba teniendo lugar y que duraba ya dos años. Ni él ni ella fueron escuchados; Azaña fracasó en su intento y la guerra continuó hasta el final, sin perdón y con el trato más despiadado por parte de los vencedores. En cuanto a Halma, sus compañeros anarquistas presionaron al gobierno para que se retirara la obra de los escenarios. Un dato significativo es que la edición impresa de la misma apareciese dedicada a Indalecio Prieto, quien acababa de salir del Gobierno de Negrín por discrepancias políticas, con estas palabras: A Indalecio Prieto, perseverante voluntad, que piensa, siente y crea. (Los que han retirado el nombre de este político de una calle de Madrid, seguro que ignoran este hecho).

Como dice Yolanda García Serrano, en una entrevista que le hicieron con motivo del estreno de su obra Halma en el teatro Valle Inclán de Madrid, sobre la vida de nuestra escritora: “Fueron sus propios compañeros anarquistas los que acabaron con ella. Halma Angélico, una escritora católica y militante de la CNT, una rotunda y temperamental feminista, fue tachada de contrarrevolucionaria por ensalzar, en plena guerra civil, los valores de la educación y el amor frente al horror de la batalla”.

La edición impresa se dedica a Indalecio Prieto, que acababa de salir del Gobierno de Negrín por discrepancias políticas. (Los que han retirado el nombre de este político de una calle de Madrid, seguro que ignoran este hecho)

Su nombre real es María Francisca Clar Margarit, pero fue más conocida por sus seudónimos, primero el de Jean Ryus, con el que publicó dos obras de teatro que no se llegaron a representar, y el de Halma Angélico, por el que se la conoce, y con el que tuvo un éxito considerable como autora dramática a partir del estreno de Entre la Cruz y el diablo.

Respecto a este libro de relatos, La desertora, si bien, el contenido del libro no responde enteramente a lo que espera por el título, no por eso pierde interés. Desde luego, tiene frases e ideas que muestran el antibelicismo de su autora, y como muestras veamos estos párrafos del texto. En el primero se narra el fusilamiento de una cadena de presos españoles, del que forma parte el marido de la protagonista, que han sido vencidos por las tropas moras en el norte de África:

“Por la puerta del Fuerte un rosario de prisioneros acababa de desfilar. Las cabezas bajas, los cuerpos macilentos, las ropas destrozadas, afrentados, vencidos, indefensos; burbujeando en sus labios un reproche contra la imprevisión directora que a tan lastimoso estado los llevaba; rebeldes, ¿contra quién…? Contra un fantasma que con heroísmos estériles se nutría: ¡El Honor Nacional!, de que se disfraza muchas veces la ineptitud o el egoísmo.

¡Todos!, todos fueron cayendo en una iniquidad de cobarde rencor contra el indefenso cordón de hombres. Nadie supo evitarlo.

Parecía que la única y exclusiva misión de aquellos infelices seres era morir y cumplían su deber muriendo. La patria seguiría impertérrita mandando hombres para que cayeran a su vez rescatando despojos” (La desertora, p. 188).

Otro tema es la consideración de la mujer como botín de guerra, con la consiguiente violación de mujeres por parte de los vencedores. Se narra la violación de la protagonista y el trauma posterior que sufre, del que solo se cura con amor y perdón: “En un desfile relampagueante, los horrores de aquella guerra interminable por ella misma sufridos y presenciados, adquirían vida nuevamente en su interior con agobio de pesadilla dantesca”. Pero, además, hay otros temas interesantes que hacen valiosa la obra desde la perspectiva de género y de la historia del feminismo. Por ejemplo, la inversión de papeles en la relación de la pareja: “Aquella mujer odiaba mi delicadeza que contrastaba fuertemente con su aspecto brutal” (p. 13). O la necesidad de que la sociedad reconozca la independencia jurídica y económica de la mujer, el valor y el trabajo de la maternidad. En este libro, incluso se adelanta una distopía con el cuento titulado Evocación del porvenir. Homenaje a la madre.

Resulta muy actual su visión de la política como virtud ciudadana y no como profesión. Justifica la actividad de la mujer en los gobiernos por la necesidad de elevar la política, sacarla del profesionalismo de los partidos para que sea una virtud ciudadana responsabilidad de todos. En una entrevista que le hacen en julio de 1936, para la revista Mundo Femenino, titulada “La mujer en el Gobierno. Cinco preguntas a ocho mujeres conocidas”, contesta: “Solo siento como un deber ineludible en estos momentos para nuestro sexo el impulso e interés que a muchas mujeres, en más o en menos, nos hace ocuparnos de política con nobles afanes de elevarla tal vez. Esto es: manumitirla del «profesionalismo» para que sea virtud ciudadana”. Las otras mujeres a las que se preguntó eran Clara Campoamor, María Martínez Sierra, Elisa Soriano, Julia Peguero y María Isabel de la Torre.

Su actividad en defensa de los derechos de la mujer le llevó a trabajar junto a otras mujeres en asociaciones y colectivos con los mismos intereses. Hemos hablado de su presidencia del Lyceum Club creado por María de Maeztu, e integrado por María Teresa León, Carmen Baroja, Margarita Nelken, Clara Campoamor y demás mujeres de su generación.

En 1934, Cristóbal de Castro publicó Teatro de mujeres, antología en la que aparecen sus obras junto a las de Pilar Valderrama y Matilde Ras.

El hecho de que fuera una mujer quien se atreviera a subirse a un escenario molestó extraordinariamente a unos críticos que no tenían más argumentos que su ideología para atacarla

Halma Angélico no era la única que reflexionaba sobre el desatino de la guerra, ni tampoco la única que hacía público su pensamiento. Pero el hecho de que fuera una mujer quien se atreviera a subirse a un escenario a transmitir aquellas reflexiones molestó extraordinariamente a unos críticos que no tenían más argumentos que su ideología para atacar a la obra y a su autora. Y consiguieron apagar su voz. Como no tenían argumentos para atacarla lo hicieron con burlas sobre su vida privada, su divorcio, el que viviera sin casarse con un señor “burgués”, que fuera a misa, que utilizara un lenguaje “tierno y melifluo”. Como no podían descalificarla con hechos lo hicieron con adjetivos y burlas. Y su objetivo, el Gobierno retiró la obra de los escenarios a los ocho días de su estreno, pese al éxito de público.

¿Quién sería tan cruel para ridiculizar en público a la mujer que tuvo el valor de hacer esta reflexión sobre la guerra teniendo un hijo en el frente? Lo fueron sus mismos compañeros de sindicato, entre ellos José María de Pradas, en la prensa confederal de la CNT y en otros medios. En ese mismo artículo de la publicación anarquista, del 31 de agosto, nos enteramos de que una amiga había llevado al periódico una foto de la autora con el ruego de que la publicasen e hicieran un elogio de la obra ¿Quién sería esa mujer que discrepaba tan abismalmente de esa firma masculina que critica tan duramente a Halma Angélico? Ya entonces, Halma contaba con la solidaridad femenina en su defensa, pero no le valió de mucho. Por orden gubernamental se acabaron aquellas exitosas representaciones.

A partir del estreno de aquella obra no hay más noticia de ella en el mundo literario; puede que siguiera escribiendo, pero no publicó nada, ni novelas ni teatro ni ensayo. Antes de la guerra, en cambio, ya fue conocida por sus obras en prosa, La mística, La nieta de Fedra, Santas y pecadoras, por sus artículos periodísticos en ABC, Blanco y Negro, el Heraldo de Madrid, y revistas como Mujer y Mundo femenino, etc. Y, sobre todo, por el gran éxito de su obra teatral Entre la cruz y el diablo, elogiada por críticos, como Azorín. Después de la guerra se negó a exiliarse y pasó tres meses en la cárcel. Vivió en Madrid en completo silencio hasta su muerte en 1952.

Serán otras mujeres las que reivindiquen su memoria: la escritora Yolanda García Serrano con el estreno el año pasado, en el teatro Valle Inclán, de Halma, una obra sobre su vida, y la editora de este libro que reseñamos, Ivana Rota, con el título de La desertora, para la editorial Renacimiento. Sería de agradecer que se siguiera este trabajo de recuperación histórica y se editaran las otras obras de Halma Angélico, hoy difíciles de encontrar.

¿Por qué la historia literaria ha olvidado a esta autora? Es evidente que el hecho de ser mujer y pacifista tuvo mucho que ver, así como la crítica cruel de sus compañeros anarquistas.

Pasados más de ochenta años de aquello, cabe preguntarse: ¿Por qué la historia literaria ha olvidado a esta autora?, ¿por qué dejó de publicar? Es evidente que el hecho de ser mujer y pacifista en aquel determinado momento histórico tuvo mucho que ver, así como la crítica cruel de sus compañeros anarquistas, que no dudaron en utilizar su vida privada para atacarla. La acusaron de burguesa, antipatriota, contrarrevolucionaria… y ninguno recordó que el hijo de Halma estaba en el frente luchando por la República. Seguramente hubo otras causas, las mismas por las que la historia también ha olvidado a otros partidarios de la República que se opusieron a la guerra, y a las mujeres que en plena guerra se manifestaron en las calles pidiendo la paz.



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