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Los cuerpos de la peste

Los cuerpos de la peste


Eugenio Montejo y Rafael Cadenas / Literalmagazine – EFE

Por JONATAN ALZURU APONTE

Los cuadernos del destierro de Rafael Cadenas son biblia y catedral. Biblia, ontofanía, porque nos revela en sus historias a nuestros cuerpos. El misterio se produce porque la literatura son espejos, lisos, cóncavos, convexos, ensamblados, estructurados y enmarcados, con la silueta de quien escribe. Y catedral porque es un espacio de recogimiento para escuchar los ruidos del silencio, aquello que no se puede percibir en los espejos, pero se siente entre los dientes, como cuando lloramos pa’ dentro; compungidos por aquel vacío, en la soledad del amor ausente. Digo catedral e imagino a una sonaja, como la música que se percibe a las orillas del río. Es el río y el viento. Los mosquitos y las mariposas. El roce de las flores, la caída de las hojas, el choque, una y otra vez, del agua que pasa y permanece.  Me vienen a la memoria algunos versos de Rafael Cadenas que quedaron gravitando en mis intestinos:

“Nunca estuve seguro de mi cuerpo.

Nunca pude precisar si tenía una historia.

Yo ignoraba todo lo concerniente a mí y a mis ancestros.

Nunca creí que mis ojos, orejas, boca, nariz, piel, movimientos, gustos, dilecciones, aversiones me pertenecían enteramente.”

Y pensé en ellos… en los otros. Sí, en los otros. En todos aquellos que no son yo y que no siento que formen parte de mí. En la Divina Comedia, en su primera parte, en el infierno, Dante utiliza como sinónimo de Dios, la expresión “El Otro”; porque en el infierno Dios no puede ser nombrado. La estrategia utilizada por Dante es interesante porque “El Otro”, es lo que, radicalmente, jamás puede ser parte de lo restante. No es ni siquiera lo opuesto, lo contrario, sino una entidad sin referencia con aquello que lo rodea, incomprensible a partir de su entorno, lo esencialmente otro.

Ajá y así nos vemos. Así vemos a los otros. Así los veo yo; y así me veo yo. Distinto a ellos, sin referencia a ellos. Ellos no son parte de mí. ¿Cómo pueden ser parte de mí aquellos, los salvajes, las bárbaras, las doñas, cuyas letras son dos garrafas de balas y un reguetón de aquí hasta la Cota 905? ¿Cómo pueden ser parte de mí las perfumadas con Chanel en bibliotecas desinfectadas, cuya única preocupación son las letras del teclado y la falta de caviar y champán? ¿Cómo pueden ser parte de mí Nerón y sus guardias imperiales? ¿Cómo pueden ser parte de mí, los gelatinosos que se mueven como sanguijuelas y marionetas, mientras negocian la cara del gringo verde por discursos que intoxican desde el recién nacido hasta los ancianos? ¿Cómo pueden ser parte de mí, aquellos que en el día niegan al otro radicalmente y en la noche le dan su espalda para que gocen de sus placeres? ¿Cómo pueden ser parte de mí los que dicen “A” y el mundo global los escucha porque la cadena de empleados son parte de sus joyerías? ¿Cómo pueden ser parte de mí los adoradores de dogmas, de conceptos, de libros rojos, verdes, azules? ¿Los que creen e manos invisibles o en el reino de la hoz y del martillo? ¿Cómo pueden ser parte de mí, si navegan en el Guaire?

Cuando los externos a mí son radicalmente otros, cuando se interpreta que no existe ningún punto de contacto, en ningún campo, cultural, político, social, sexual, religioso, educativo, afectivo, entre un nosotros o un yo y los otros. Cuando percibo a “Los Otros” como esencialmente otros; entonces vivimos en un infierno social.  Así lo siento… así lo escucho: crepitan en mis oídos.

Y, entonces, como un tábano, como los ruidos del mar volvieron: “Nunca estuve seguro de mi cuerpo. /Nunca pude precisar si tenía una historia.”  ¿Y… si todos esos otros, forman parte de mi cuerpo? ¿Y si tuvimos una historia, aunque difusa, compartida? “En suma, yo era una pregunta condenada a no calzar el signo de interrogación” Me grita el espejo.

La conciencia que la otredad es constitutiva de la mismidad, es la gran enseñanza de Eugenio Montejo con sus poliyó.  Tal aseveración no implica, en ningún momento, la asunción de una ética jabonosa.  Más bien, nos impulsa a repensar nuestra peste social, cultural y política. Si no se comprende la enfermedad, ¿cómo implementaremos su cura?

En los asuntos de la biología, los médicos y los científicos tienen la palabra, pero la otra, aquella que nos ha conducido a la mazmorra de la historia; ese virus destructor de la eticidad, ¿a quién se lo vamos encargar? Es mi grito ahogado de silencio: ¿dónde están los médicos del alma? ¿dónde habitan los ecólogos de la cultura? ¿Dónde estoy yo? ¿Cuáles son los asuntos por los que me hago responsable?

Los prácticos quieren respuestas, para el hoy; como si los dados estuviesen predestinados a cantarnos que no es azar y sí destino. Entonces recojo la cobija, dos libros, mis lágrimas, dos perinolas, un papagayo y rezo al cuerpo en soledad; indagando en la voz del poema.



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