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la vida familiar, las adicciones y una obra marcada por la vulnerabilidad - Efecto Guayaba
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la vida familiar, las adicciones y una obra marcada por la vulnerabilidad

Alanis Morissette


Alanis Morissette
Foto Archivo

La noticia concreta es simple: la cantante Alanis Morissette vuelve a editar un disco en plena era pandémica, después de ocho años sin haberlo hecho. Pero lo curioso no es tanto la salida del álbum Such Pretty Forks In the Road, ni tampoco que sus intervenciones públicas se hayan hecho en formato virtual (como ya casi nos habituamos a vivir social y culturalmente). Lo curioso es la repercusión que tuvo la visita de la cantante canadiense de 46 años al programa The Tonight Show, animado por Jimmy Fallon.

Alanis y sus músicos, cada uno desde sus casas-estudios, estaban interpretando el tema “Ablaze” (single del nuevo disco), y todo parecía seguir al pie de la letra lo ensayado. Pero a Morissette se le ocurrió cantar con su hija Onyx, y fue su espontaneidad la que terminó viralizándolo todo: la canción, la noticia de la vuelta de la compositora, el programa de televisión, el disco. Porque Onyx se sacaba y ponía los auriculares, tapaba la boca a su mamá, le hablaba y tarareaba y, finalmente, daba el okey para que cesara la interpretación del grupo.

Increíblemente lejos está esa jovencita de 21 años de edad que arrasaba con los premios gracias a su álbum Jagged Little Pill, devenido un clásico en el universo pop rock y un éxito de ventas, de 33 millones de copias. Desde aquella propuesta que marcó su debut a nivel mundial (sus dos primeras producciones fueron lanzadas sólo en Canadá) no pasó únicamente tiempo: pasaron altibajos, relaciones sentimentales, hijos y otros discos.

Fue tan crucial este álbum editado por el sello de Madonna (Maverick), porque la propia Reina del Pop dio su visto bueno para la edición, pero también porque se abría un camino cada vez más prominente hacia las cantantes que escribían sus propias letras. Y la influencia de este disco llega hasta el día de hoy. O casi. En junio, cuando se cumplieron 25 años de la edición, debía comenzar la gira de Morissette por Canadá y Estados Unidos, países en los que iba a pisar 31 ciudades. Obviamente, no sucedió.

El alcance de aquel trabajo incluyó alguna rareza, como el musical Jagged Little Pill estrenado en Broadway el año pasado, e inspirado en este disco homónimo.

Si la distancia cronológica nos aleja de este álbum, también lo hace aquel enojo que destilaban las canciones, aquella estridencia, el desasosiego en purga y esa amargura post-grunge. Y nos separa, sobre todo, la postal reproducida en estos días, de madre e hija en amable convivencia entre ellas y con el mundo.

Pero, ¿es el planeta Morissette tan amable hoy? ¿Qué dice “Ablaze”, la canción que cantó con la pequeña rubiecita en sus brazos? ¿Y de qué va Such Pretty Forks? ¿Se ubica estética y conceptualmente así de lejos de aquel lanzamiento encabezado por el hit inapelable que fue “Ironic”? Bastante. Aunque hay, al menos, un punto de contacto: la honestidad emocional, la habilidad de la confesión como su fuerte. “El común denominador que atraviesa el disco es mi persona. Soy yo, dándome permiso involuntariamente para ser humana”, sostuvo Alanis sobre su reciente producción.

“Ablaze”, pues, habla del paraíso, de la pérdida del reino, de la manzana y la serpiente en la tradición bíblica del Génesis. Y es un tema de amor que fusiona el mensaje a su pareja con la moraleja para los hijos: “A mi niña, lo siguiente que notarás es que siempre seremos familia; a mi chico, mi misión es mantener la luz ardiendo en tus ojos”.

En el plan de honestidad brutal, el tema “Reasons I Drink” hace una suerte de repaso de todo tipo de adicciones como la bebida, la medicación, la comida, e incluso, el trabajo: “He estado trabajando desde que me acuerdo, desde que tenía un solo dígito de edad”, canta. Y luego achaca males “a esta industria enferma” de la que busca tener un alivio.

Esta vinculación con los sucesos íntimos de la canadiense no es una interpretación libre: la propia Alanis admitó en ocasiones haber sufrido, por ejemplo, bulimia y anorexia. O, lisa y llanamente, adicción al trabajo. De hecho, en el video ella encarna todos sus “yo”, en reuniones de adictos y grupos de autoayuda, con distintos maquillajes y vestuarios, como madre o como la cantante Alanis que no puede parar de producirse y firmar autógrafos (de su propio vinilo). Mientras, un ataúd le pasa por detrás. Esta imagen, al menos, impacta.

El cancionero de Such Pretty Forks se sucede en plan soft-rock, con baladas. Inevitable como el paso del tiempo, el estatus que ahora la ocupa: un pop para adultos (como ella), que crecieron (como ella) pero que antes fueron jóvenes (como ella).

No sólo es evidente, sino que ella misma lo exacerba: ser madre estuvo y está en el eje de su vida desde hace una década. Y esta cuestión, también, atraviesa la serie de tracks. Pero no tanto de una manera alegre o ligera, más bien de heridas abiertas y de fragilidad.

“Mis emociones están a flor de piel. Tenía depresión postparto”, admitió Morissette en algunas entrevistas previas al lanzamiento de Such Pretty Forks in the Road. Y se refería al nacimiento de último hijo. Pero le había pasado lo mismo con sus primeros otros dos niños. Sabe que es algo difícil y trata de no culparse. Y de eso también canta: “Llámalo como quieras, porque ya ni siquiera me preocupa”, versa “Diagnosis”.

Es más o menos la actitud que está tomando de desprejuicio al salir en sus post o en la tapa de la revista Health amamantando al más pequeño.

Y así lo admitió en su Instagram, con la tapa de la revista a modo ilustrativo: “Me doy cuenta de que cuanto más comparto mi vulnerabilidad, la vida se hace más fácil. Me siento más conectada con otros seres. Los humanos siempre me parecieron peligrosos. Me doy cuenta, sin embargo, de que compartiendo mi vergüenza con alguien que me escuche sin prejuicios, la vida se siente más segura”.

Entonces, pues, muy en sintonía con el disco, sus vivencias y sus confesiones, el gesto de Alanis de dejarse acompañar en el show de Fallon por su hija, Onyx, de 4 años (la segunda después de Ever, de 9, y antes de Winter, que cumple un año el sábado).

El hiato en sus álbumes coincide con su dedicación a la vida familiar y con sus bajones postparto, en los que estuvo acompañada de su esposo, el rapero Mario “Souleye” Treadway, a quien también invoca en este octavo disco de estudio.

Lo siguiente que promete Morissette es un libro de memorias, del que dice haber escrito 1300 páginas. Vale, entonces, revisar su discografía como introducción soslayada. También vale detenerse en las letras del último álbum, que son directas, al hueso. Y, por supuesto, vale repasar sus elecciones de siempre (ahora actualizadas en redes): el feminismo, la bandera del orgullo, la abolición de la esclavitud. Acompañado este activismo de las instantáneas más íntimas: su familia.

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