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Irán endurece la prisión de una presunta espía australiana

Irán endurece la prisión de una presunta espía australiana


Corresponsal en Londres
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Kylie Moore-Gilbert fue detenida en el aeropuerto de Teherán en septiembre del 2018, acusada de un delito de espionaje, tras ser invitada a participar como ponente en una conferencia en la ciudad de Qom. Fue condenada a diez años de prisión en un juicio que se celebró en secreto, y ha pasado los dos últimos en aislamiento en la prisión Evin de Teherán, durmiendo en el suelo. No obstante, grupos de derechos humanos y el gobierno de Australia confirmaron que el pasado fin de semana fue trasladada de forma repentina a la cárcel de mujeres de Qarchak, conocida por sus elevados niveles de violencia y por las durísimas condiciones en las que se encuentran las presas, sin acceso a atención sanitaria y que ahora, además, sufre un brote de Covid-19. Pese al riesgo que supone la enfermedad, el distanciamiento social es imposible porque las instalaciones están abarrotadas.

Un informe de la agencia de noticias de Human Rights Activists detalla que en la prisión, controlada por la Guardia Revolucionaria, se producen torturas y violaciones, y además carece de servicios médicos, jabón y agua. También el departamento de estado de Estados Unidos destacó el pasado junio que Qarchak tiene un historial de «ejecuciones extrajudiciales, tortura y otras violaciones graves de los derechos humanos internacionalmente reconocidos».

Desesperada y aislada

En un comunicado hecho público ayer, el Departamento de Asuntos Exteriores y Comercio de Australia dijo que responsabiliza a Irán de la «seguridad y bienestar de la señora Moore-Gilbert» y que está intentando «urgentemente» poder hablar con ella. «El caso de la doctora Moore-Gilbert es una de las principales prioridades del gobierno australiano, incluso para nuestros funcionarios de la embajada en Teherán», se lee en el texto. Mientras, en una conversación telefónica con Reza Khandan, marido de la abogada iraní pro derechos humanos Nasrin Sotoudeh, también encarcelada, Moore-Gilbert dijo que está «desesperada y aislada». «No puedo comer nada. Estoy desesperada, muy deprimida. No tengo ninguna tarjeta telefónica para llamar. Le pregunté a los oficiales de la prisión pero no me dieron ninguna. Llamé a mis padres hace aproximadamente un mes», aseguró.

Ayer, el esposo de la trabajadora británico-iraní Nazanin Zaghari-Ratcliffe, que fue encarcelada en Irán en el 2016 también por espionaje, explicó que Qarchak es adonde «las autoridades envían a las presas políticas cuando quieren ‘romperlas’» y añadió: «Está en medio del desierto sin agua corriente, con comida muy pobre, con drogas en el pan y el arroz, y (organizada) en pandillas, por lo que puedes esperar meses para tener una cama», explicó Richard Ratcliffe. Se calcula que hay solo 600 camas para más de 2.000 presas.

Moore-Gilbert, que trabajaba como profesora de estudios islámicos en el Instituto Asia de la Universidad de Melbourne tras haberse graduado en Cambridge, siempre ha negado los cargos, de los que el gobierno iraní no ha presentado pruebas, pero sus palabras han caído en saco roto. Tampoco han valido de nada las gestiones de las autoridades australianas, que consideran que su detención y ahora su reubicación en una prisión con fama de ser una de las más hostiles del país, se debe a razones políticas. «No soy un espía. Nunca he sido una espía y no tengo ningún interés en trabajar para una organización de espionaje en ningún país. Cuando salga de Irán, quiero ser una mujer libre y vivir una vida libre, no bajo la sombra de extorsiones y amenazas», aseguró la académica en una carta que vio la luz hace unos meses. Moore-Gilbert denunció además que rechazó una oferta de Irán para convertirse en espía a cambio de su libertad. «No están contentos con su resistencia y su negativa a cooperar», manifestó Hadi Ghaemi, director del Centro de Derechos Humanos en Irán.

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