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Infancia | La desescalada olvida las necesidades de la infancia y su derecho a jugar – El Salto

Infancia | La desescalada olvida las necesidades de la infancia y su derecho a jugar - El Salto


La imagen de unos niños jugando a la rayuela en una plaza de Barcelona, habitualmente copada por turistas, muestra cómo niños y niñas han buscado alternativas a los parques infantiles, que se han mantenido precintados desde la declaración del estado de alarma abrirán este lunes: más tarde que los comercios y las terrazas. 

La imagen la evoca Andrés Payà, profesor e investigador en la Universidad de Valencia y fundador del Observatorio del Juego Infantil (OJI). “Era obvio que en los primeros momentos de la cuarentena todo tenía que paralizarse, pero desde el momento en que este país tiene un plan de desescalada para bares antes que para espacios públicos y escuelas, estamos demostrando que los niños son considerados ciudadanos de segunda”, explica a El Salto.

Payà, que defiende que el derecho a jugar —recogido en la Convención sobre los Derechos del Niño en 1989— está a la altura de otros como el derecho a la salud, a la educación o a una vida sin violencia, echa en falta que en los planes de desescalada que semana a semana ha ido anunciado el Gobierno no se contemple esta necesidad básica de la infancia.

Porque la nueva normalidad, dice Payà, tendrá que hacer frente a unas medidas sanitarias imprescindibles, pero no solo. Cómo garantizar el derecho al juego libre a unos niños rodeados de adultos-helicóptero observantes de la distancia de seguridad es una pregunta que habrá que responder. “La nueva normalidad tiene que dejar sitio al juego libre, y esto pasa por tener determinadas condiciones sanitarias, pero sin privar de lo que necesitan los niños, que es estar en contacto con iguales”, explica.

NIÑOS SÚPER SOLIDARIOS, Y NO SÚPER CONTAGIOSOS 

“He jugado demasiado con papi y mami” es la respuesta de mi hija a la pregunta “cómo has llevado jugar en casa con papá y mamá”, y ese “demasiado”, tras hablar con Andrés Payà, es esclarecedor. “Me gusta jugar con amiguillos y amiguillas”, dice mi hija, como justificándose.

Sobre los precintos de los parques, opina que “si estuvieran abiertos los columpios, los niños estaríamos más divertidos”. Ella, como los niños de la rayuela que mencionaba Payá, ha ocupado unas pistas de skate cercanas a casa. También le sirven escaleras, calles peatonales y cuestas del barrio. Con cuatro años y medio, lo primero que le dijo a su abuela cuando vino a visitarla tras cuatro meses de separación fue que se lavara las manos y objeta a la idea de quedar con los amigos del cole cuando acabe el estado de alarma que a lo mejor somos más individuos de los permitidos.

“Se ha transmitido la idea de que los niños eran súper contagiosos pero lo cierto es que han sido súper solidarios”, dice Marta Martínez, coautora del estudio Infancia confinada, informe apoyado por el colectivo Enclave de Evaluación y Enfoque de Derechos Humanos que recoge aportaciones de una encuesta a centenares de niños y niñas durante el confinamiento.

Martínez no suaviza ni un ápice el posicionamiento que ha mantenido en las semanas pasadas: “Se ha consolidado”, dice, “una cultura de odio contra la infancia que quienes trabajan en este campo vienen observando en etiquetas cool como childfree”. Para entender esto, dice, hay que comprender que partimos de una serie de falacias, que enumera: 1) los niños y niñas son propiedad de los padres y pertecenen al ámbito privado, 2) los niños y niñas son el futuro, 3) son un colectivo inocente, 4) son incapaces, 5) son peligrosos.

En esa lógica, explica, cobra pleno sentido que los parques sigan cerrados cuando, además, los niños no son “productivos”. Además, a este relato apenas se le ha opuesto argumentación, más allá de algunas madres y padres cabreados en Twitter.

La desconsideración hacia la infancia, dice, no se limita solo al precinto de los parques o a los bulos sobre su potencial papel como contagiadores, sino que además “este Gobierno ha sabido tener una comunicación dirigida hacia ellas y ellos, cuando además en nuestro estudio hemos detectado que los niños y niñas han estado perfectamente al tanto de lo que ocurría y son sujetos posicionados”.

Para la socióloga, la pandemia además ha venido acompañada de lo que llama una “privatrización” de una infancia que ella considera responsabilidad colectiva: “Ha sido un sálvese quien pueda, cada familia ha procedido con sus propios medios; yo recordaba cuando la ministra Isabel Celáa defendía con mucha energía —que yo compartía— ante el discurso sobre pin parental, que las niñas y niños son de todos: pues en la pandemia no ha habido una política pública que haya acompañado a las niños, niñas y sus familias a superar esta situación”.

CRONOLOGÍA ADULTOCÉNTRICA

El 14 de marzo se decretó un estado de alarma que se ha prorrogado hasta el 21 de junio. El 18 de abril, un mes después, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, y el ministro de Ciencia, Pedro Duque, respondieron a algunas de niños y adolescenetes.

La comparencia se hizo después de que la primera ministra noruega Erna Solberg lo hiciera también —ella, en una no abierta a periodistas— ante niños y jóvenes noruegos para tratar de responder a sus dudas sobre el coronavirus. Para Martínez, se trata de un buen gesto, pero fue puntual y, además, se retransmitió en un horario poco adaptado a las rutinas de niñas y niños: las 9 de la mañana de un sábado.

Unos días después, el Ministro de Sanidad, Salvador Illa, anunció que los niños podrían acompañar a sus padres al banco, la farmacia o el supermercado. Las expectativas creadas sobre la posibilidad de que los niños y niñas pudieran, por fin, salir a pasear, junto al algoritmo de Twitter, generaron un incendio en las redes. El Gobierno rectificó unas horas después

Desde entonces, una de las incógnitas de los planes de desescalada es cómo será la vuelta al cole. En esos planes, el Gobierno ha hablado de cómo organizar los grupos o los espacios, pero poco sobre las necesidades que tendrán los niños en la vuelta al cole.

Para Payà, patios y recreos no deben quedar fuera de los esfuerzos para que la vuelta al cole sea lo mejor posible: “El tiempo de recreo es para re-crearse y reinventarse, el tiempo libre no es tiempo perdido sino educativo, tan importante como el de las aulas; los planes deben contemplar los patios y recreos como tiempos educativos, que no es rellenarlos de actividades”, explica, mientras se oye a su hijo reclamar la atención que le corresponde desde un carrito.

Marta Martínez señala entre los errores del Gobierno el que se han basado en una visión desde la epidemiología y la pediatría, olvidando un abordaje integral. “La infancia debe ser abordada desde una mirada integral e interseccional; lo pediátrico y lo sanitario debe tenerse en cuenta, pero también los pedagógico, lo económico, lo social, lo relacional, lo sociológico, lo lúdico… y este debate no ha estado presente”, explica antes de añadir que es de esperar que, sin caer en una lógica patologizante, espera que niños y adolescentes encuentren en la vuelta al cole una escuela que les escuchey entienda sus necesidades. Se trata, sobre todo, de eso, de escucharles para ir más allá de un relato que, hasta hoy, han hecho las personas adultas. 

Mi hija continúa dibujando a mi lado mientras hablo con Andrés y con Marta, en este situación que se ha llamado de teletrabajo y que no siempre permite lo que la CEOE llamaría trabajo. Cuando cuelgo, le pregunto qué le diría al presidente del Gobierno: “Que si puede abrir los parques y las fuentes. Y las piscinas”.



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