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Industria aeroespacial | SOS en el espacio – El Salto

Industria aeroespacial | SOS en el espacio - El Salto


En el último año, la empresa estadounidense SpaceX ha puesto en órbita 420 satélites y continuará a un ritmo de 180 por mes, multiplicando rápidamente los 2.300 satélites que siguen en funcionamiento desde el despegue de la era espacial en 1957. Hace unas noches pudimos observarlos atravesando nuestro cielo en su elíptico viaje migratorio. Causan perplejidad y estremecimiento por su número, cercanía, intenso brillo y ordenada fila. Nos dejaron a su paso un mal augurio: el mundo cambiará a pasos cada vez más rápidos y sin nuestro consentimiento.

Las nuevas constelaciones de satélites son parte del proyecto Starlink de Elon Musk, magnate de los viajes espaciales privados y de los coches eléctricos de lujo, para desarrollar la infraestructura 5G y proveer de señal de internet a cada rincón del planeta, prestando a su vez servicios a iniciativas privadas, militares y de exploración.

La Comisión Federal de Comunicaciones de EE UU ha otorgado permisos a SpaceX para lanzar 12.000 satélites de los 42.000 a los que aspira. No se trata de una aventura solitaria. La iniciativa de Musk forma parte de la acelerada carrera de magnates millonarios para ganarse un lugar en el cielo. El proyecto Kuiper de Amazon (EE UU) lanzará 3.200 satélites, OneWeb (UK/EE UU) ha lanzado los primeros de una flota de 5.260, Telesat (Canadá) cuenta con 117, Iridium de Motorola (EE UU) con 66. Mientras tanto, Facebook (EE UU) ha contratado a SpaceX para lanzar sus propios satélites como parte del ambicioso proyecto Athena.

Las constelaciones satelitales como Starlink tienen como fin extender la cobertura de banda ancha a todas las regiones del mundo y reducir el tiempo de latencia de la señal de internet a unos 25 milisegundos. El cambio, aunque imperceptible para un usuario medio de internet, beneficiará a las compañías de telecomunicaciones y redes sociales, a las operaciones financieras electrónicas, y a las redes de juegos en línea y otras actividades que requieren un flujo constante y rápido de información. Los satélites no serán suficientes por sí solos, requieren de una red de receptores motorizados en tierra capaces de orientarse automáticamente hacia los satélites, por lo que aquellos países o individuos con el capital necesario para comprar servicios y desarrollar la infraestructura terrestre tendrán ventaja en este nuevo escenario para el uso de internet.

Starlink, a 550 km de altura, provoca una contaminación lumínica y electromagnética sin precedentes en el cielo nocturno e interfiere con telescopios y radiotelescopios

Hasta ahora, los satélites de telecomunicaciones se situaban en la órbita geoestacionaria a unos 34.000 km del suelo, girando en sincronía con la rotación de la Tierra se percibían inmóviles a nuestros ojos e imperceptibles por su lejanía. Para poder cumplir con las expectativas de conectividad y velocidad en el flujo de datos, las nuevas mega-constelaciones de satélites de internet viajan por la Órbita Terrestre Baja, entre los 340 y los 1.200 km de altitud, convirtiéndose en objetos conspicuos en la esfera celeste.

Como era de esperar, los astrónomos profesionales están en pie de guerra. En representación de más de 13.500 astrónomos, la Unión Astronómica Internacional (IAU) sacó un comunicado para advertir del peligro que estas constelaciones de satélites suponen para sus observaciones. Starlink, a 550 km de altura, provoca una contaminación lumínica y electromagnética sin precedentes en el cielo nocturno e interfiere con telescopios y radiotelescopios. En su comunicado, la IAU se adhiere al principio de oscuridad y radio-silencio del cielo nocturno, esencial tanto para poder avanzar en el conocimiento del universo, como para detectar potenciales meteoritos que pudieran colisionar con la Tierra. A estas protestas se unen miles de aficionados a la astronomía, más cercanos al valor estético de la contemplación de la noche, que sienten violado su derecho inalienable a disfrutar del espectáculo celeste que acompaña a la humanidad desde sus albores.

La contaminación lumínica y electromagnética no son los únicos problemas. La carrera espacial ha convertido la órbita de la Tierra y otras zonas del espacio en un basurero. La Red de Vigilancia Espacial estadounidense realiza el seguimiento de unos 22.300 desechos lo suficientemente grandes para ser rastreados, y estima que hay unos 34.000 de más de diez centímetros y más de 128 millones de menos orbitando la Tierra.

A la basura orbital hay que añadir unos cien objetos que dejamos esparcidos en la superficie de la Luna: vehículos, banderas, toallas, martillos o peines, entre otras cosas. No se puede clasificar más que como basura al Tesla rojo abocado a explotar o a colisionar con Marte que Elon Musk lanzó al espacio como parte de su misión publicitaria Falcon Heavy. Esta basura no siempre permanece en el espacio. A pesar de la protección que brinda la atmósfera, al día cae al menos uno de esos desechos a la Tierra, la mayoría en los océanos. El 2 de abril del 2018, los 8.500 kg de plástico, resinas y metales pesados que un día fueron la estación China Tiangong-1 se hundieron a 4.000 km de Hawái.

Nunca antes nos habíamos enfrentado a un atosigamiento de nuestros sentidos tan extremo. Dedicado nuestro tiempo a emitir y recibir información, queda poco espacio para la reflexión.

Debido a las altas velocidades a las que orbitan, objetos del tamaño de un grano de arena pueden atravesar las corazas de los satélites. En los años 70 se habló por primera vez en la NASA del síndrome Kessler para describir el posible efecto dominó de las colisiones en la Órbita Terrestre Baja debido a la acumulación de basura espacial y otros objetos en órbita.

Aunque quizás estemos lejos de ese punto, las colisiones no son ciencia ficción. Solo en 2017 se registraron más de 300.000 posibles colisiones y se estima que ha habido unas 500 colisiones, rupturas y explosiones graves en las últimas décadas. En 2009 el impacto del satélite Iridium 33 con un antiguo satélite militar ruso resultó en la desintegración de ambos en miles de pedazos que aún orbitan la Tierra. En marzo del 2019 la misión india Shakti fue la primera en usar un misil para destruir un satélite e incrementó la probabilidad de impacto de la basura espacial contra la Estación Espacial Internacional (ISS) en un 5%.

En tan solo un año, el proyecto Starlink duplicará el número de satélites en la Órbita Terrestre Baja, donde también se encuentran la ISS y el telescopio espacial Hubble. En 2019, la Agencia Espacial Europea (ESA) advirtió a la empresa SpaceX de la probabilidad de colisión de uno de sus satélites con uno europeo. Fue finalmente la ESA, financiada gracias a los contribuyentes europeos, quien modificó el curso de su satélite después de que la empresa privada ignorara su advertencia en tres ocasiones, un evento que ha pasado a la historia como la primera maniobra de este tipo.

No se discuten alternativas; se da por sentado que el espacio es otro lugar más que puede ser invadido, alterado y explotado

Las agencias espaciales y las empresas privadas parecen convencidas de que los problemas asociados a esta carrera espacial serán solucionados con tecnologías que permiten desplazar satélites, bajarlos e incluso pintarlos para que no brillen tanto. Mientras tanto, para lidiar con la repentina invasión privada de la órbita terrestre, se discuten en la ESA códigos de conducta, reglas de tráfico, y protocolos de comunicación. No se cuestiona que la ocupación del espacio se rija por el viejo concepto romano Terra Nullius (tierra de nadie) que pone a disposición del que lo encuentre, y en este caso de quien pueda financiárselo, todo aquello sin identidad ni dueño. No se discuten alternativas; se da por sentado que el espacio es otro lugar más que puede ser invadido, alterado y explotado.

La era espacial privada surge para satisfacer las necesidades de la era de la información. Los satélites atraviesan el cielo con la misión de extender y reforzar el flujo de datos. Al igual que ellos, orbitamos nosotros entorno a la tecnología digital. Esta tecnología nos hace sentir seguros sobre nuestra capacidad de reacción ante la vida y la naturaleza; con el control del abastecimiento de alimentos y energía, la predicción y combate de desastres naturales o enfermedades, nos viste con el falso sentimiento de ser independientes de la naturaleza y sus procesos.

Nos hemos rodeado de tecnología, el cielo se cubre de satélites, los tejados de antenas y repetidores, en las esquinas dormitan cámaras de vigilancia, en nuestros hogares electrodomésticos inteligentes y sobre nuestro cuerpo móviles y relojes. Hemos creado una sociedad en la que el individuo se condena a sí mismo a la hiperconectividad, a la cesión de su privacidad, desde el número de pasos andados a sus pulsaciones, sus rasgos faciales, sus contactos, gustos, finanzas, huellas dactilares, preferencias sexuales y tendencias de consumo.

Hemos sido empujados en una dirección sin garantías de mejora y hemos perdido derechos en el proceso. Nunca antes nos habíamos enfrentado a un atosigamiento de nuestros sentidos tan extremo. Dedicado nuestro tiempo a emitir y recibir información, queda poco espacio para la reflexión.

En 2019, la ESA advirtió a la empresa SpaceX de la probabilidad de colisión de uno de sus satélites con uno europeo. Fue finalmente la ESA, financiada gracias a los contribuyentes europeos, quien modificó el curso de su satélite

Las herramientas tecnológicas no son soluciones en sí mismas. Es nuestra dependencia tecnológica la que nutre a empresas como Facebook, Amazon o SpaceX y, a su vez, estimula nuevos ciclos de desarrollo tecnológico y dependencia. Las iniciativas de estos magnates promueven la tecnología como solución a una necesidad de desarrollo de los países, y son impulsadas gracias a campañas de marketing que se apropian de las ideas del desarrollo equitativo y sostenible y que enmascaran el objetivo subyacente del beneficio privado. Es por ello que Facebook, en su proyecto Athena, muestra imágenes de niños sonrientes en países en vías de desarrollo, aludiendo a la idea de que su tecnología contribuirá a la mejora de la calidad de sus vidas. Su promulgación como caridad ante una supuesta necesidad mundial asegura que cualquier oposición al producto sea tachada de egoísta y de falta de humanidad.

Estas nuevas ofertas privadas de acceso a internet pueden traer beneficios, pero también nuevas dependencias, necesidades y gastos sin haber solucionado antes problemas alimenticios, sanitarios, de educación o políticos. Sin un compromiso sincero por parte de países desarrollados y sus empresas de cambiar las políticas económicas que mantienen a otros países en situación de dependencia, la promesa del desarrollo tecnológico es ilusoria.

Durante estos tiempos de pandemia y cambio climático, reflexionemos sobre cómo más allá de nuestras diferencias somos parte de una misma especie y compartimos un ecosistema, un planeta. Sabemos que todas las especies, lo vivo y lo inerte están entrelazados, son interdependientes. El movimiento internacional Extinction Rebellion promueve respeto, frugalidad y humildad, valores que se extienden desde lo humano hacia todo lo demás, vivo o inerte. Iniciativas como la de Ecuador y Bolivia son pioneras en dar derechos constitucionales a la Naturaleza, a la Tierra. Relacionan su existencia con el desarrollo equitativo de su sociedad. Reconocen que lo que existe no existe solo para nosotros, que tiene un valor per se. Al considerarlas sujetos, al igual que a un individuo humano, adquieren el derecho a que se respete su existencia. Su mantenimiento, cuidado y restauración se convierten en nuestras obligaciones. Cualquier persona puede exigir el cumplimiento de estos derechos y los ataques pueden ser defendidos.

Es el momento de extender una ética de respeto y otorgar derechos constitucionales a la Tierra y a su órbita. Más aún, al Universo en su conjunto, a todo lo que en él existe. Estamos juntos en esto, y no hay nada que nos pueda reportar mayor beneficio que el cuidado del lugar donde vivimos. Los lugares salvajes, los cielos eternos e inalcanzables, fronteras donde lo humano y su tecnología no predomina, nos ayudan a poner en perspectiva nuestra posición en el universo y en el sistema que mantiene la vida en la biosfera. Es el momento de plantearse si lo que tenemos es suficiente, de si podemos prescindir de tecnologías que nos “conectan” a la vez que nos separan de la naturaleza y de las personas, de construir un mundo más amable con los otros y con el lugar donde vivimos. Quizá si respetamos el cielo sea posible el cambio.



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