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¿Están los derbis condenados a morir?

¿Están los derbis condenados a morir?


Uno de los evangelios de la literatura deportiva es aquel Fútbol contra el Enemigo de Simon Kuper. Fue publicado en 1994, año en que la globalización de este deporte comenzó a ser evidente ante la disputa del palomitero Mundial de Estados Unidos. El fútbol se daba de bruces con la era moderna. Con la difuminación de los puestos fronterizos. Con la progresiva pérdida de todas aquellas identidades sociales, políticas, religiosas y económicas en favor de masas heterogéneas. En definitiva, justo lo que demandan las grandes multinacionales, herederas lógicas de los simples clubes barriales. Los mismos que comenzarían a construir sus estadios lejos de sus gentes. Y que agradecieron la gentrificación de las ciudades. Show me the money. Kuper, que había visitado 22 países en nueve meses para descifrar códigos y conexiones vitales alrededor del balón, evidenció años después que incluso las rivalidades más puras comenzaban a perder sentido.

“Un buen día de 1999 conocí en Glasgow a un ultra del Celtic que me mostró que las cosas habían cambiado. Cuando el Celtic, católico, jugaba contra sus rivales del Rangers, protestantes, él les insultaba desaforadamente. Había llegado incluso a llamar a su segundo hijo con el nombre de todos los jugadores titulares del Celtic que ganó la Copa de Europa de 1967. Se lamentó de que los nombres de los suplentes no cupiesen en la partida de nacimiento. Parecía una historia normal… Si no fuera porque estaba casado con una protestante. Mientras su mujer se recuperaba del parto en el hospital, se escapó para inscribir al hijo en el registro civil y, cuando ella se enteró, rompió a patadas una puerta de la impotencia. Dicho de otro modo, concluyó con tono triunfante el padre, el chaval jamás jugará en el Rangers. Pero ese hombre no tenía ningún problema con los protestantes. El enfrentamiento había dejado de ser una cuestión religiosa“.

Aficionados del Rangers en el Old Firm de Glasgow.
Aficionados del Rangers en el Old Firm de Glasgow.

Kuper introdujo esa anécdota en una de las revisiones de su famoso libro. Y volvió a emplearla cuando los periodistas Jordi Brescó y Pau Riera le pidieron que escribiera el prólogo de su Rivalidades Crónicas (Panenka), obra en la que los autores, con la excusa de comprender 10 de los derbis más representativos de Europa (Sheffield, Estambul, Praga, Génova, Belfast, Glasgow, Nicosia, Hamburgo, Belgrado y Estocolmo), emprendieron su particular viaje iniciático. En busca de un fútbol ya ancestral.

“Los derbis son el último antídoto ante la modernización del fútbol”, proclama Brescó en conversación con EL MUNDO. “Por eso escogimos los partidos que nos recuerdan que hay clubes que antes no solían ser simples empresas, sino ejes vertebradores de una comunidad, de una sociedad, pueblo o barrio”. Pero también advierte: “Hace 20, 30, 40 años, el sitio donde nacías, o el seno de la familia donde nacías, te llevaba a ser automáticamente de un equipo. Si eras hijo de un católico en Glasgow, debías ser hincha del del Celtic. No había otra opción. Esto se ha ido diluyendo muchísimo. Quizá porque ya no exista esa identificación tribal. Ahora es como un juego. Me ha tocado ser de un equipo y eso implica una serie de cosas. Y el día en que toca demostrar quién soy, no tengo ningún reparo en ponerme un disfraz o una careta y olvidar mi día a día para formar parte de una comunidad de una forma más encajada”.

Riera interviene: “Aunque los derbis se han visto afectados por el negocio, son la última resistencia a ese cambio. Aúnan todo lo que podríamos llamar la pureza del fútbol. Los derbis nos permiten seguir creyendo que no todo está perdido“.

En Estambul, siempre exagerada, rajada en dos continentes por el Cuerno de Oro, se disputa el Derbi Intercontinental (Kitalararasi derbi) entre el Fenerbahçe y el Galatasaray. El primero nació para dar salida a los chicos de barrio del distrito asiático de Kadiköy. El segundo, engendrado a la sombra de la europea Torre de Gálata, tuvo su origen en un instituto para las élites llamado, sí, Galatasaray. “Pero ahora no existe ninguna característica significativa que diferencie a sus seguidores: ni su clase social, ni su visión política, ni mucho menos su religión”, defiende Brescó. Ni siquiera sirve ya la delimitación geográfica con ambos clubes como estandartes de Asia y Europa: “Sería una visión demasiado reduccionista: cualquier sentencia tajante carece de sentido ante dos masas sociales tan voluminosas”.

Nada resta rivalidad deportiva entre dos de las hinchadas más pasionales del fútbol. Y que, dada la ocasión, no han tenido reparos en unirse contra las políticas de Erdogan. El presidente turco, de hecho, tuvo que inventarse un club, el Basaksehir, por el que pasaron Robinho o Arda Turan.

Derbi Eterno de Belgrado entre Estrella Roja y Partizan.
Derbi Eterno de Belgrado entre Estrella Roja y Partizan.

En el Derbi Eterno de Belgrado, el que enfrenta a Partizan con Estrella Roja, las aficiones, pese a su rivalidad encarnizada, siempre fueron un instrumento político para el sistema. “Me empeñé en no abordar el derbi de Belgrado desde la óptica de la violencia. Pero lo cierto es que no me quedó otra opción”, escribe Brescó antes de diseccionar la rivalidad entre dos clubes fundados el mismo año en que nació la República Socialista de Yugoslavia de Tito. El Partizan homenajeó a los partisanos de la Segunda Guerra Mundial. El Estrella Roja homenajeó a la nueva bandera.

Los trazos de las guerras de los Balcanes son evidentes entre las aficiones más radicales de ambos clubes, los Grobari y los Delije, grupos ultras que comparten la misma ideología ultranacionalista. Y también pasado y referentes vitales en las milicias. La Guardia Voluntaria Serbia de Zeljko Raznatovic, bautizada después en las calles como los Tigres de Arkan no tuvo problemas en conseguir voluntarios en las gradas para que se unieran a su formación paramilitar.

“Ahí es donde vi más enemistad y menos posibilidad de que uno se acerque al otro, a pesar de no haber un trasfondo político, económico o religioso. También es cierto que el porcentaje de aficionados ultras que van al campo es mayor”, admite Brescó. Ambos clubes son públicos y de financiación muy opaca, se recuerda en el libro. Y los ultras nunca han permitido su privatización. El fútbol continúa siendo una de las mejores armas propagandísticas del gobierno.

Este mismo miércoles, el Estrella Roja acudió al campo del Partizan para disputar la semifinal de Copa. El acceso al público estuvo permitido. Nadie reparó en normas de distanciamiento social. El derbi de Belgrado no permite alienación alguna. El partido tuvo que pararse un cuarto de hora por el lanzamiento masivo de bengalas.

Puestos a buscar la pureza de los derbis, los autores fijan sus ojos en varios casos. El de Hamburgo, donde el St. Pauli, club de culto, antifascista y antisistema, rival de un Hamburgo deconstruido, lucha contra las contradicciones propias de quien, al menos, debe resistir en el fútbol profesional. En su caso, la segunda división alemana es ya suficiente. Pese a firmar con una compañía de ropa vinculada con el ejército de Estados Unidos, Under Armour. Pese a bordear la frontera de la doble moral. “Es el paradigma de un club que no quiere perder su identidad, pero tiene que ceder un poco para sobrevivir. Y ello le ha costado perder aficionados”.

Il Derby della Lanterna entre la Sampdoria y el Genoa quizá sea el más emotivo de todos esos enfrentamientos. Sus equipos, con éxitos ya demasiado pretéritos, perdieron ya la esperanza de asentarse en la burguesía. Brescó se explica: “Desgraciadamente, en muchos casos la notoriedad de los derbis viene marcada por la notoriedad de sus clubes. Ocurre algo parecido en Sheffield [cuna del fútbol y donde se jugó el primer derbi de la historia]. Al ser una ciudad que nunca ha disfrutado de ser la más destacada del país, también existe ese tipo de cooperación o de respeto. Al fin y al cabo estás trabajando para que la ciudad gane peso en el panorama nacional”. La Common People de Pulp, que tampoco tenía otro lugar donde ir.

El Derbi de los Gemelos de Estocolmo.
El Derbi de los Gemelos de Estocolmo.

El derbi de Estocolmo entre el AIK y el Djurgardens escapa a una mirada construida a partir del tópico. El estadio acoge la liberación emocional de una sociedad atrapada en su traje de perfecta modernidad y pulcritud.

El fútbol post-pandemia, por ahora sin aficionados en países como Alemania o España, retuerce toda mística. Así lo entiende Brescó: «La Bundesliga no volvió con un derbi del Ruhr, sino con un Dortmund-Schalke. Y la Liga española no volverá con un derbi sevillano, sino con un Sevilla-Betis. Los derbis no son nada sin la presencia del aficionado». Y zanja Riera, cuya cámara tuvo como objetivo el corazón del hincha, razón de ser del fútbol: “Los derbis siempre tendrán sentido mientras haya quien los viva. Nadie podrá quitarles esa emoción, esa sensación de espera y de ganas de vivirlos. Cuando esto deje de pasar, habrán muerto los derbis. Y también el fútbol”.

En el capítulo dedicado al derbi de Praga entre el Slavia y el Sparta, donde los autores se encontraron con que la ciudad, ahora un escenario de cuento de cartón piedra, sólo era capaz de liberarse del grillete turístico en las horas previas al partido, se emplea una cita de Kafka: “Toda revolución se evapora y deja atrás sólo el limo de una nueva burocracia”.

Quizá no sea más que eso.

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