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“Ema”: la crítica de Sebastián Pimentel a la cinta que Pablo Larraín estrenó vía streaming Cine

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Una joven bailarina llamada Ema (Mariana Di Girolamo) es pareja de Gastón (Gael García Bernal), un tipo un poco mayor que ella, que además es coreógrafo de una obra de danza moderna que se viene ensayando en la ciudad de Valparaíso. Hay un hecho del pasado que los atormenta: ambos adoptaron a Polo, niño al que tuvieron que devolver, pues atacó a la hermana de Ema y le desfiguró el rostro con fuego.

Esta es la trama del último largo del chileno Pablo Larraín (“Tony Manero”, “Jackie”), que Mubi, el portal de cine vía streaming, promociona estos días como estreno exclusivo. Pues bien, ¿qué hay de nuevo en este título, visto en competencia el año pasado en el Festival de Venecia? A primera vista, es una propuesta abundante en sexo, feminismo, danza moderna, reguetón y lanzallamas que queman todo a diestra y siniestra.

Quizá lo más interesante del filme sea el descubrimiento de Di Girolamo. No tanto por lo que aporta su actuación, sino por su presencia y el velo de misterio que desprenden sus movimientos ambiguos, y un rostro entre frágil, desconfiado e impenetrable. Todo lo contrario a Gael García Bernal, bastante extraviado y sobre todo luciendo una interpretación desganada como artista esnob que no para de victimizarse a sí mismo.

Larraín no es nuevo en las técnicas pretenciosas del juego con los ingredientes para hacer un cine ‘de culto’. Ya lo había probado con cierto éxito su fallida “Tony Manero”, que cuenta la historia de un psicópata desclasado en el Chile de la dictadura de Pinochet, obsesionado con el John Travolta de “Fiebre de sábado por la noche”. Pues bien, “Ema” trata de cambiar la locura por la rebeldía, y el machismo por el feminismo.

El problema de “Ema” es casi el mismo de “Tony Manero”: evadir el difícil camino de la humanización del personaje y buscar el fácil tramo del ‘efecto de choque’. Solo que, en este caso, se ha trocado la violencia de Tony por una sexualidad voraz que es arma de conquista por parte de Ema, sexo que no necesita del amor y que se ha simbolizado con el fuego que aparece en la pantalla que sirve de escenario de su acto de danza moderna.

Pero “Ema” es, en realidad, una cinta superficial. Lo que incluye a su supuesto feminismo. Esto por dos razones: la protagonista no parece sufrir ni tener alguna crisis que ponga a prueba sus debilidades. La lucha carece de sentido, se vuelve una trivialidad. Y Ema se termina pareciendo más a un frío “Terminator”, una máquina implacable que arrolla a todos y utiliza, mediante el sexo, a todos para conseguir sus propósitos.

Supuestamente, la gesta de “Ema” es recuperar una maternidad perdida. Pero sus objetivos no suponen una reconquista de los afectos del niño, sino la concreción de un plan que coloque en posición vulnerable al que se interponga en la meta. Algo menos parecido a la rebeldía y más cerca de una insensible impostura o forzamiento del otro.

Por otro lado, la simbología es reiterativa: no solo cuenta el sol abrasador del acto escénico, sino también los lanzallamas con los que Emma incendia autos de la ciudad. A esto se suman las luces de neón, con las que se busca un preciosismo académico. En ese sentido, el amor por el reguetón, por parte de Ema, no es más que otra impostura más.

En efecto, “Ema” se propone como un retrato transgresor de una mujer transgresora, menuda meta para cualquier película que se precie de ser sincera y profunda en su exploración de los afectos. El problema con la cinta de Larraín es que su filme parece hecho con un recetario de ingredientes efectistas en la mano, y donde, casi en ningún momento del metraje, podemos sorprendernos y emocionarnos de verdad.

LA FICHA

Género: drama.

País: Chile, 2019.

Director: Pablo Larraín.

Actores: Mariana Di Girolamo, Gael García Bernal, Santiago Cabrera.

Calificación:



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