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El Tenorio no es Don Juan, es Doa Ins

El Tenorio no es Don Juan, es Doa Ins


El xito del ‘Tenorio’ de Zorrilla, que se viene representando cada primero de noviembre en Espaa desde su estreno en 1844, se debe a su condicin de pieza dramtica antimoderna, imbricada en la tradicin cristiana espaola, a travs de la figura de Doa Ins, y de la redencin, en el instante ltimo, de los pecados de Don Juan

Representaci

Representacin de ‘Don Juan Tenorio’, en el Teatro Caldern de Valladolid, en 1942.

Confesaba George Sand, en unas pginas que recogen como pocas el espritu que inspir la revolucin romntica del primer tercio del siglo XIX, que no sinti melancola alguna mientras paseaba, en el invierno de 1838, entre las ruinas del Convento de Santo Domingo, en Palma. Tampoco, indignacin por la destruccin de un edificio artstico, cuyos escombros, ms que un acto de vandalismo, ilustraban “una pgina histrica” digna de ser recordada. Amiga de Mendizbal, con el que comparta ideales revolucionarios y liberales puestos en comn en algunas tertulias parisinas, la escritora francesa dedica exaltados elogios a quien haba sido fugaz ministro de Hacienda y presidente del Consejo de Ministros, pero que en apenas dos aos haba convulsionado la poltica espaola con su decreto de desamortizacin de los bienes de la Iglesia y de expulsin de las rdenes religiosas. Aquellas leyes de 1835-36 desataron en la poblacin espaola una agresiva furia anticlerical ante la que el Gobierno no quiso (o no pudo) reaccionar. Y eso era, precisamente, lo que despertaba la pasin poltica de Sand. “El acto que marca su corto poder con un recuerdo imborrable, la destruccin radical de los conventos”, escribe en Un invierno en Mallorca (Jos J. de Olaeta, editor) sobre el que pasara a convertirse en bestia negra del conservadurismo espaol, “se le ha reprochado tan duramente que tengo la necesidad de protestar aqu en favor de aquella audaz resolucin y de la embriaguez con la que el pueblo espaol la adopt y la puso en prctica. [Porque] un convento de la Inquisicin arrasado por el brazo popular es una pgina de la historia tan grande, tan instructiva y tan conmovedora como un acueducto romano o un anfiteatro (…) Llore, pues, quien quiera sobre las ruinas! Casi todos esos monumentos cuya cada deploramos son calabozos donde ha languidecido durante siglos ya el alma, ya el cuerpo de la humanidad. Y vengan, pues, poetas que, en vez de deplorar la prdida de los das de infancia del mundo, celebren en sus versos, sobre esas ruinas de juguetes dorados y frulas ensangrentadas, la edad viril que ha sabido liberarse de ellos!”.

Entre esos poetas que reclamaba Sand, destacaba por esas fechas en Madrid uno de manera indiscutible: Jos de Espronceda, cuya vida, envuelta en la leyenda de conspirador en sociedades secretas, de revolucionario en las barricadas del Pars de julio de 1830 y de su heroica lucha desde el exilio contra el absolutismo borbnico de Fernando VII, se confunda con su enorme popularidad como poeta -gracias a composiciones lricas como La cancin del Pirata-, y como referente de un liberalismo republicano, ilustrado y antirreligioso. Es cierto que slo pudo ocupar su escao en el las Cortes unos pocos meses, por su prematura muerte en mayo de 1842, pero sus colaboraciones en prensa y sus panfletos polticos lo haban convertido ya en un decidido defensor de la causa liberal y en un poltico radical capaz de criticar a su correligionario Mendizbal por la forma en que estaba gestionando la desamortizacin, cuyos beneficios se destinaban al pago de la deuda del Estado, o se repartan entre unos pocos amigos, pero no llegaban a las clases populares.

Pero ms all de su vida legendaria y su actividad poltica, lo que convierte a Espronceda en el personaje que encarn el ideal romntico en Espaa son sus escritos poticos, y entre todos ellos, El Estudiante de Salamanca, una revisin del mito de don Juan, que con su final satnico, subverta el espritu ejemplarizante y cristiano que le haba dado Tirso de Molina en El burlador de Sevilla (“Esta es justicia de Dios:/ Quien tal hace, que tal pague) e iba ms all de lo que pudo hacerlo Molire en su tiempo. El protagonista del cuento de Espronceda, Flix de Montemar, una de cuyas conquistas burladas, Elvira, ha muerto por su abandono, es presentado como “Segundo don Juan Tenorio,/ alma fiera e insolente,/ irreligioso y valiente,/ altanero y reidor:/ siempre el insulto en los ojos,/ en los labios la irona/ nada teme y todo fa/ de su espada y su valor”. Nada nuevo. Como tampoco lo son la coleccin de tpicos literarios que lo emparentan con la larga tradicin donjuanesca (revitalizada haca pocos aos por Lord Byron). Hasta llegar, sin embargo, a los versos en los que, en lugar de claudicar ante la muerte y arrepentirse al ver pasar el cortejo de su entierro, Montemar decide rechazar la segunda oportunidad que se le ofrece, y seguir adelante, atento solo a la posibilidad de un nuevo lance amoroso: “Para m no hay nunca maana ni ayer.// Si maana muero, que sea en mala hora/ o en buena, cual dicen, qu me importa a m?/ Goce yo el presente, disfrute yo ahora,/ y el diablo me lleve si quiere al morir“. Y en su lento descenso hasta el infierno por una larga escalera de caracol, siguiendo los pasos de la misteriosa mujer que lo ha seducido, Montemar, al retar a Dios y consumar una boda satnica con el esqueleto de Elvira, se transforma en “Segundo Lucifer que se levanta/ del rayo vengador la frente herida,/ alma rebelde que el temor no espanta,/ hollada s, pero jams vencida:/ el hombre en fin que en su ansiedad quebranta/ su lmite a la crcel de la vida,/ y a Dios llama ante l a darle cuenta,/ y descubrir su inmensidad intenta”.

El don Juan de Zorrilla, estrenado en 1844, seis aos despus de que el cuento de Espronceda se hubiese publicado por entregas en la prensa, es, sin embargo, otra cosa. Como bien ha sealado la profesora Raquel Snchez en Romnticos espaoles (Sntesis), la clave del romanticismo en Espaa se encuentra en esos versos que recita Montemar: “Yo me he echado el alma atrs;/ juzgad si me dar un bledo/ de Dios ni de Satans”. Espronceda, con su personaje moderno (como lo es el Fausto de Goethe), lleva hasta sus ltimas consecuencias literarias (aunque tambin biogrficas, como demuestra su relacin escandalosa con Teresa Mancha), el ideal de poeta romntico: libre, apasionado, amoral, anticatlico y revolucionario. Zorrilla, romntico solo en la apariencia, explica Raquel Snchez, “como el carnaval, pone el mundo patas arriba durante un tiempo y despus lo vuelve a su ser natural: el orden social retorna con la claudicacin de don Juan. Por el contrario, Espronceda [romntico en la forma y el contenido] nos presenta a un don Flix que no se arrepiente, que se burla, y a la vez nos deja entrever una pesadilla inquietante en la que no hay consuelo ni perdn. Un mundo que el poeta sospecha si no ser el nico”.

Zorrilla es consciente de todo eso. Y cifra el xito de su Tenorio en la dimensin religiosa (que, por otra parte, puede rastrearse en toda su obra), y en la creacin, no de un nuevo Don Juan. Sino de Doa Ins. A su vuelta a Espaa en 1866 (tras un exilio voluntario de ms de una dcada en Mxico), con casi 50 aos y acuciado por la falta de dinero, aquel poeta y dramaturgo que se dio a conocer en 1837 con la lectura de unos versos fnebres en el entierro de Larra, que tuvo como gran sueo realizado conocer y entablar amistad con Espronceda, y que estren con xito en los mejores teatros de Madrid, comienza a publicar por entregas una suerte de autobiografa en El Imparcial, recopilada posteriormente en varios tomos con el ttulo de Recuerdos del tiempo viejo (Espasa). Y all, en prosa y en verso, reconoce “tener orgullo de ser el creador de Doa Ins”, la que con su inteligencia y fe religiosa redime los pecados de Don Juan y le permite morir cristianamente. “Mi obra”, escribe Zorrilla en 1879, “tiene una excelencia que la har durar largo tiempo sobre la escena, un genio tutelar en cuyas alas se elevar sobre los dems Tenorios: la creacin de mi Doa Ins cristiana; los dems Don Juanes son obras paganas; sus mujeres son hijas de Venus y de Baco y hermanas de Prapo; mi Doa Ins es la hija de Eva antes de salir del Paraso; las paganas van desnudas, coronadas de flores y ebrias de lujuria, y mi Doa Ins, flor y emblema del amor casto, viste un hbito y lleva al pecho la cruz de una orden de caballera (…) Quien mancha mi obra es Don Juan; quien la sostiene, quien la aquilata, la ilumina y la da relieve es Doa Ins“.

Y esa es sin duda la clave de su xito. Y de que haya pervivido por encima del espritu romntico, de aquel tiempo revolucionario y anticristiano que exaltaba George Sand y de aquella modernidad que quiso importar de Europa Espronceda. El xito del Tenorio, y el xito de Zorrilla, es precisamente ser antimoderno. Y entroncar con la tradicin religiosa de un pas que lo recuerda cada primero de noviembre. Pese a Halloween. El propio autor lo dej escrito en sus Recuerdos, esta vez en verso y presumiendo de haber acertado no solo con Doa Ins. Tambin con Don Juan: “Un secreto con que gana/ la prez entre los Don Juanes:/ el freno de sus desmanes:/ que Doa Ins es cristiana.// Tiene que es de nuestra tierra/ el tipo tradicional;/ tiene todo el bien y el mal/ que el genio espaol encierra.// Que hijo de la tradicin,/ es impo y es creyente,/ es baladrn y es valiente,/ y tiene buen corazn.// Tiene que es diestro y es zurdo,/ que no cree en Dios y le invoca,/ que lleva el alma en la boca,/ y que es lgico y absurdo.// Con defectos tan notorios/ vivir aqu diez mil soles;/ pues todos los espaoles/ nos las echamos de Tenorios.// Y si en el pueblo le hall/ y en espaol le escrib/ y su autor el pueblo fue… / por qu me aplauds a m?”.

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