Economía

El cuarto jugador

El cuarto jugador


Christiane Dimitriades / Autoretrato

Por CHRISTIANE DIMITRIADES

Cuando nos encaprichamos con causas perdidas

llegamos a pensar que todas lo son, y no nos

equivocamos completamente.

Emil Cioran

Imposible no jugar cuando se tienen todas

las cartas en la mano: lo único que podía

yo hacer era dejar pasar mi turno, pero

también eso es jugar.

Marguerite Yourcenar

1-

El destinario de estas palabras me dispensará por no acatar el manual de las buenas costumbres propias de toda misiva. Es un alivio no tener que someterme a las reglas que la correspondencia exige. Son letras, inermes, frases que el oleaje dispersa cuando alcanza la desolada orilla.

2.

Pienso en los nómadas del desierto cuyos pasos no buscan perpetuar una línea, un trayecto. No hay biografía en su andar. Su paso, efímero, ligero, se despliega sobre vastos horizontes siempre cambiantes, como sus blancos espectros bañados de luz, visiones carentes de espesor y de pasado, a medio camino entre la existencia y la muerte. Son hermanos de ese otro hijo del viento, condenado por los dioses a repetir infinitamente la misma ruta.  Su marcha, sin propósito, es la respuesta de quienes se saben de antemano decepcionados del amor.

3.

Mi amigo dice: “La seis es la hora del cuchillo”. No se equivoca. Cuando el sol se retira nos deja una herida en el corazón, y también en las palabras.

4.

La mujer se inclina, cose, intenta unir los retazos de un maltrecho tejido. Persevera en su intento.

Esta tarde escribo como quien lanza arena al viento porque el viento esparce esa minúscula materia y la incorpora en otras materias. Hay que saber deshacerse también del peso de las palabras.

6.

Silenciar esta voz que impertinente regresa, quebrarla. No sé si es la mía o la de aquella ninfa de los bosques, forzada a repetir las últimas palabras que escuchaba.

7.

Necesito una pausa,  un instante de silencio para recuperar la cordura.

8.

Un viento ebrio perturba el  movimiento de las olas. Es la pesadilla del mar. Escucho su lamento. Mañana volverá el sosiego y su rítmico vaivén.

9.

El más cruel de todos los titanes se empeña en grabar su imborrable tatuaje.  No hay ruta de escape para esta mujer que sólo pretende ser fiel a su sombra.

10.

Mi escritura va a tu encuentro, llévala al más tibio rincón del pecho, a la izquierda, cerca de tu corazón.

11.

El lector ideal, igual que el amante, no sólo pretende tocar y penetrar un cuerpo, desea, pensarlo, recrearlo, pasar de la sexualidad (léase textualidad) al erotismo.

12.

En el bridge, esa hipotética figura del “muerto” lleva tu nombre, y aunque su silencio invada la habitación, seguirá  jugando nuestra partida hasta el final.

13.

Por refugiarse en el sentimiento de su propia cordura y esquivar la herida, ¡cuántos filósofos nos han hecho bostezar!  ¿Acaso no es el pensamiento la auténtica lesión entre las palabras y el mundo?

14.

El cuarto jugador no habla, es el otro, mi par. Siempre del lado opuesto de un puente tendido entre los dos, lee, escruta el destino de mi mano y de las líneas ocultas en su  interior, trazadas por la impericia de algún dios.

15.

Tengo un montón de picas y corazones, sin embargo, paso la mano. Te cedo el turno, sólo por escuchar tu voz en medio de la inmensa sala. No importa si pongo en evidencia mi torpeza al descartar los naipes sobre la mesa. Supongo  que yo no sabría qué hacer en medio de tantos triunfos.

16.

La relación entre el poeta y el lector depende en gran parte de la casualidad, y de otra parte, de la correspondencia entre sus más recónditas carencias

17.

La frase en suspenso, una letra en busca del sonido, una línea en el difuso boceto siempre infiel a su modelo.

18.

Se hospeda en mí el caos, ninguna forma logra expresar su desvarío.

19.

Extranjeros en el mundo, los últimos rayos de sol huyen de las fronteras del día y se alojan en mi estrecha habitación.

20.

Hablábamos de cualquier cosa sin coherencia ni fundamento, sin exclamaciones, sin lirismo. Entonces reíamos a expensas de la muerte.

21.

La existencia del poeta será engullida por el olvido. Ningún libro, ni siquiera el amor resistirá su embate. Quizás algún desconocido pronuncie sus palabras y les devuelva  por un instante la voz.

22.

En su hastío, el tiempo derrocha sus ases sobre la tierra en forma de una plaga interminable. ¿Cuánto durará su infame ensayo y por fin regrese la estación del sosiego?

23.

Las bocas cubiertas, los besos proscritos, las manos ocultas, cada cuerpo amurallado, venciendo cualquier gesto de humanidad.

24.

Trazo efímeras catedrales que miran al cielo desprovisto de augurios.

25.

Poco importa la acción,  importa este vacío que dejamos a cada paso, titubeante y sin respuesta ante el desenlace. Son estos silencios tendidos sobre la nada los que incitan a nuestra voz a volverse habla, a escribirse en el limitado trecho que nos confiere la incertidumbre.

26.

Del otro lado de las montañas está el mar, absorto en la profundidad de su melancolía.

27.

Uno se va haciendo en la quietud de las noches. La vida a contraluz: retablos en cadena con los matices del olvido.

28.

Ha sido un malentendido —te dije—. (Reflexioné sobre el significado de esta palabra compuesta por el “mal”, esa suerte de no-ser para los estoicos, especie de contrahechura equivalente a la nada y, de otra parte, por “el entendimiento” referido a su desatino, a su desvío por la senda incierta de la sinrazón). Sí, ha sido un malentendido entre dos puntos de vista en discordia pronunciado durante nuestra parca despedida.

29.

Letanía de palabras, naipes que el tiempo borra tras cada jugada.

Reúno un montón de bazas sobre la mesa sin ánimo de ganar algún trofeo. Frente a mí está “el muerto”, es decir, el lector. Me basta saber que existe y me concede absoluta libertad de elección en el momento de cartear.

31.

Por alguna misteriosa razón hay aves que se arrojan al agua en picada para morir. Este impulso  hacia la muerte es afín al de quienes juegan contra sí mismos. Su obsesión no reside en el placer del juego o en la ganancia que puedan obtener, sino en su desesperada entrega al azar, en su fascinación por las fichas que caen, una a una, sobre el tapete verde de la mesa encubriendo una pérdida ancestral.

32.

Dime, por qué hay tanta seriedad en tu rostro. Lanza de una buena vez cualquier baraja, da igual, es solamente un juego. La vida nunca es conforme a nuestras voluntades.

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