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cuatro historias de su lucha

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“Yo no comulgo con esos gobiernos, pero no pueden utilizarnos como banderas políticas porque los derechos no son una orientación ideológica, son derechos y no son rojos o azules, son de todos”, dijo Valentinna Rangel

Mientras el mundo protesta por la igualdad de condiciones, respeto a las razas e identidades sexuales, en Venezuela no se garantizan los derechos más elementales de la comunidad LGBTIQ+ (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales, intersexuales y queers). Este 28 de junio se celebra el Día del Orgullo Gay, sin embargo, en el país es poco lo que los transgéneros pueden festejar.

Costumbres conservadoras, la ausencia de un marco legal y de un sistema de salud público óptimo hacen que sea más difícil su vida.

Se sentía hombre

Paul Martucci sabe lo difícil que es sentirse diferente. Desde los 22 años de edad lucha por sus derechos. Hoy tiene 32 años. Anteriormente se identificaba como lesbiana, hasta que entendió que no lo era. No se sentía mujer, si no hombre, por lo que quería hacer una transición. Pero en un país con una escasez de medicamentos de 80% este camino es difícil transitar.

Martucci, desde su casa en Nueva Esparta, lidia con los cuidados de su madre y mantener el hogar con lo poco que le envía su hermano desde el extranjero, más lo que gana haciendo trabajos por internet, equivalentes a 5 dólares y 10 dólares por mes. Un poco por encima del salario básico venezolano que difícilmente llega a los 3 dólares.

Su madre desconoce que se identifica como hombre.

Según el libro Para dejar de ser fantasmas, de Tamara Adrián, es la madre la principal discriminadora intrafamiliar, con porcentajes cercanos a 60% en el caso de lesbianas en 60% y 50% hacia los hombres transgéneros.

Martucci, que encabeza una organización llamada Transgrediendo Fronteras, explicó que fue muy feliz cuando al cuarto mes de iniciar el tratamiento de remplazo hormonal (TRH) su menstruación desapareció. Esto le indicó el inicio de una nueva etapa.

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Paul Martucci luego de un año y tres meses en tratamiento, lleva el cabello corto y viste camisas a cuadros

Luego de un año y tres meses en tratamiento, lleva el cabello corto y viste camisas a cuadros. Dice que no ha sido fácil. De hecho, en mayo tuvo que paralizar su hormonización debido al cierre de locales como parte de la cuarentena.

Cada cierto tiempo debe acudir a un gimnasio a comprar una caja con 10 dosis de testosterona que debe suministrarse cada 21 días. La caja le rinde para siete meses. El precio es de 60 dólares. Sus amistades le ayudan a recolectar el dinero y se reparten las dosis.

Martucci tuvo una enfermera de confianza que le suministraba las hormonas, pero esta mujer se fue del país y ahora es él el que lo hace, mientras busca en internet algún médico que lo oriente por la falta de especialistas en la materia. Debió vender una cámara fotográfica y una grabadora para garantizar el tratamiento por un año.

Falta de apoyo

Martucci indicó que el tratamiento de hombres transgéneros es más sencillo que el de mujeres. Gracias a la organización con la que trabaja sintió el apoyo para iniciar el cambio. “Eso me costó amistades, pero me siento mejor ahora que todo tiene una respuesta y ese sufrimiento que uno lleva guardado tiene nombre”, señaló.

La inacción política le decepciona. “Aquí un perro tiene más derechos que nosotros. Lo digo porque un grupo de trans nos reunimos con Jorge Arreaza y nos dijo que no se podía hacer nada porque eso eran propuestas realizadas por gobiernos de derecha”, explicó.

A su juicio a ningún bando político le interesa la situación de los transgéneros. “El chavismo descalifica a cualquiera que sea gay, como si ser gay te hace menos. La oposición en la Asamblea Nacional tampoco ha hecho nada productivo por nuestros derechos. Somos invisibles», sostuvo.

Mujer transgénero radicada en Chile

Valentinna Rangel es una mujer transgénero radicada en Chile. Es activista y experta en comunicación de identidad y género. Tras más de un año hormonándose cuenta que debe ingerir cuatro pastillas de 25 mg de espironolactona y dos pastillas de primaquin, este último medicamento no aparece en las farmacias venezolanas.

Indicó que uno de los grandes problemas en Venezuela y gran parte del mundo es que se asocian los temas de sexualidad e identidad de género a causas de izquierda. “Yo no comulgo con esos gobiernos, pero no pueden utilizarnos como banderas políticas porque los derechos no son una orientación ideológica, son derechos y no son rojos o azules, son de todos”, advirtió.

Rangel dijo que a la mayoría de los venezolanos les cuesta entender otras realidades. “No se cuestionan ese imaginario sobre lo que es ser hombre y mujer. Es por eso que tienen tanta resistencia al tema. Esto no es una moda, siempre ha estado”, puntualizó.

Debido a lo viral que se ha vuelto en redes sociales ha comenzado a buscar los medios para iniciar el debate de temas transgéneros en Venezuela. Sabe que no será fácil. “Sí o sí lo vamos a lograr. Seremos visibles”, recalcó.

Transitar la prostitución

Otras son más desafortunadas, como pasa con La Flaca, una mujer trans que decidió ocultar su nombre para evitar ser identificada. Lleva cinco años dedicándose a la prostitución y aún se lamenta por ello.

Consigue sus clientes por internet, mediante una página web. En su perfil se lee “Mujer trans”, luego hay una serie de fotos sugerentes en las que se observan un cuerpo hecho a base de implantes. Para acceder a estas cirugías ha necesitado de la ayuda de clientes fieles que pagan para cubrir mamoplastias que pueden costar hasta 2.000 dólares.

“Me he hecho la nariz, los dientes, las nalgas y los senos», señaló.

“Antes del coronavirus cobraba 60 dólares la hora. Ahora 30 dólares. Por eso estoy vendiendo videos y fotos, pero no he dejado de verme con mis clientes”, confesó.

La Flaca se queja de Venezuela por no ofrecerle oportunidades. En las calles, explicó, nadie le da trabajo y si lo hacen está siempre bajo la crítica.

Se niega a trabajar en otra cosa porque la paga es muy baja. “Es la misma situación del país la que te lleva a hacer lo que tanto odiaste”, subrayó.

Transformarse en tierras lejanas

Michele Wiesner no veía su transición en Venezuela. Emigró a Argentina en compañía de su novia, con la que lleva tres años. De hecho, 66% de la comunidad LGBTIQ+ piensa emigrar producto de la crisis.

Wiesner admite que le costó mucho tiempo entender lo que era y más aún ponerlo en palabras. Fue a los 20 años de edad cuando lo hizo frente a su novia.

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Wiesner nunca reveló su situación estando en Venezuela

En 2019 inició su transición. “No iba a perderme toda mi juventud siendo infeliz”, manifestó.

Wiesner nunca reveló su situación estando en Venezuela. Dijo no haber sido infeliz, pero sí pasó mucho tiempo expresándose de forma diferente. “No quería ser la típica chica femenina”, expresó.

Lejos de sus temores, le contó la verdad a sus padres y para su sorpresa le dieron apoyo: “En ese momento me cuestioné por qué no lo hice antes”. No obstante, su familia no lo comprende del todo, inclusive a veces una tía le trata como mujer, lo cual le ofusca.

La discriminación que más recuerda ocurrió a los 11 años de edad. “Mi madre dijo que botaría mi ropa y me compraría la de varón. Desde ese momento me dio miedo vestirme cómo me gustaba y me reprimí”, indicó.

Wiesner comenzó su tratamiento en Argentina. Se hizo la mastectomía, la cual dio paso a unos pectorales masculinos. “Esto me hizo sentir más acorde, pero debe ser un cirujano experto en masculinización quien lo haga”, dijo.

Uno de sus grandes temores es volver al país. El solo hecho de pensar en poner un pie en el aeropuerto, mostrar su identificación con otro nombre y un rostro diferente le asusta. “Siento que me van a matraquear, que se pueden burlar de mí y no quiero eso”, subrayó.

@diazdeinfo

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