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Contigo empezó todo | De la ópera al patíbulo (I) – El Salto

Contigo empezó todo | De la ópera al patíbulo (I) - El Salto


Nicomedes Méndez tenía como oficio matar.

Él no lo veía así. Se lo había intentado explicar a la prensa: “No soy yo, no soy yo quien mata a ese desgraciado; son los tribunales quien le mandan quitar la vida. Él mismo es quien se mata con el crimen que cometió; él es quien ha buscado su propio fin”. En todo caso, era verdugo titular de la Audiencia de Barcelona y su trabajo era terminar vidas. Estaba orgulloso de ello. Mucha gente no sería capaz de accionar el garrote vil que rompe el bulbo raquídeo del condenado. Él sí. Alguien tenía que impartir justicia y, si no fuera por los verdugos, ¿qué sería de España?

Méndez se peinó por enésima vez y comprobó que su ropa estaba impecable. Este día, 21 de noviembre de 1894, era especialmente importante para él. Por un lado estaba el motivo conocido, el que acaparaba titulares de la prensa y sin duda alguna el que había atraído a grandes cantidades de personas a la plaza de los Cordeleros de la Prisión de la Reina Amalia. El ejecutado era el asesino del Liceo, Santiago Salvador Franch. Méndez lo entendía, evidentemente había que librarse de semejante desecho social. Pero el público no era consciente de lo verdaderamente importante aquel día, del avance de la humanidad que iban a presenciar. Franch tendría el honor de probar la innovación que Méndez había desarrollado para su instrumento predilecto. Consistía en un punzón, añadido al tornillo encargado de penetrar en el cuello del reo.

Méndez adoraba su digno oficio, pero no había que regodearse en el sufrimiento ajeno, aun en el caso de auténticos indeseables. Si bien era cierto que el garrote había sido en su momento un progreso humanitario frente a otros métodos de mayor tradición, también lo era que en las ejecuciones se seguían presenciando espectáculos desagradables. Incluso con la fuerza física de alguien como él, no eran pocos los condenados con un cuello resistente que alargaban el suplicio de un método pensado para ser veloz. En esos casos, el viaje al infierno de los presidiarios se demoraba hasta que fallecía por estrangulamiento. El punzón aceleraría el proceso, destruyendo con mayor rapidez las vértebras cervicales. Muchos pensarán lo contrario, pensó Méndez, pero los verdugos podemos ser bondadosos. Una cosa no quita la otra, se confirmó a sí mismo mientras caminaba hacia el patíbulo.

Bomba en la ópera

Un año antes de que Méndez hiciera su aportación a los derechos humanos, desde su punto de vista, una tormenta arrecia en Barcelona, como presagio de la tempestad, en este caso humana, que se va a desatar sobre la capital catalana esa misma noche, la del 7 de noviembre de 1893.

Se inaugura la temporada de ópera en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona. Mucha gente acude, y la alta burguesía barcelonesa tiene una amplia representación. Hay que dejarse ver y trabar contactos, y la ópera es un fantástico instrumento de ostentación y de relaciones al más alto nivel. No todos los asistentes son ricos. Las plantas más altas del Liceo están destinadas a las personas de menor nivel económico. Entre ellas se encuentra Santiago Salvador Franch. Tiene 31 años, poco dinero (su esposa le ha tenido que prestar la peseta que vale la entrada) y el bigote húmedo. No es por la lluvia que continúa en el exterior, ya que la representación lleva dos horas. A Franch le suda el bigote cuando está nervioso. Este espectador tiene dos cosas más: mucho odio en su corazón y dos bombas escondidas bajo su abrigo.

Cada explosivo está compuesto por dos hemisferios de hierro fundido, unidos mediante un eje en el que se atornillan ambas piezas. Nueve centímetros y medio de diámetro. Este tipo de bombas son conocidas como “bombas Orsini” en honor de su inventor, el revolucionario italiano Felici Orsini, quien 35 años antes las había utilizado para atentar en París, sin éxito, contra el carruaje de Napoleón III. Casualidades de la vida, el mandatario francés acudía a la ópera a ver Guillermo Tell. La misma obra que se representa esta noche en Barcelona.

Tic, tac, tic, tac… No se sabe por qué motivo, pero a Franch se le ha metido en la cabeza que la hora de actuar son las once en punto. Le parece que las agujas se mueven deliberadamente lentas, como si estuvieran en su contra, pero finalmente alcanzan su objetivo. Se asoma a la barandilla y lanza una Orsini al patio de butacas. Luego otra. Cunde el pánico. Franch huye.



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