Economía

Carta a Jorge Luis Borges (1/8)

Carta a Jorge Luis Borges (1/8)


Por LEÓN SARCOS

La belleza del conocimiento

Dios seguro también estaba ahí aquel memorable mediodía de octubre de 1964, en el castillo Elsinor en Dinamarca, donde Hamlet consumó su tragedia. Según María Esther Vázquez: pocas veces se le vio más feliz. Ud. ya no veía, pero reconocía las luces, las sombras, la amplitud de los espacios.

Hacía frio, lloviznaba. El viaje había sido largo; estábamos ateridos, cansados y hambrientos. Éramos los únicos visitantes del día y el guardián deseaba que entráramos y recorriéramos rápidamente el recinto para cerrar e irse. Sin embargo, Borges se detuvo frente a las puertas y alzando la cabeza, recitó en voz alta, tan alta que el eco devolvía restallantes las palabras, aquella frase dicha por Hamlet en el mismo lugar, antes de enfrentar al fantasma que aterrorizaba a sus amigos: ¿Qué habré de temer? No le doy a mi vida más valor que el de un alfiler. En cuanto a mi alma, ¿qué podrá hacerle? si es inmortal…

Ha tenido Ud., expresiones felices en distintos momentos de su vida literaria, que ayudan a definir muy bien la naturaleza de su arte: El lenguaje es una creación estética. / Cada palabra es una obra poética./ Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare son William Shakespeare…

Querido Maestro, inicio esta primera carta con el mismo temor reverencial que usted sentía por uno de sus antecesores en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, Paul Groussac: No nos conocimos nunca. Ernesto Palacios quiso presentármelo, pero yo le tenía miedo. Recordé que casi no había una sola persona de mi familia a la que Groussac no hubiera criticado y pensé que corría el albur de que me diera mi merecido.

En mi caso, más que temor, por respeto a lo delicadamente compleja de su obra y a la falta de credenciales para opinar sobre ella con la autoridad requerida, pues no soy otra cosa que un modesto explorador de la vida y el vivir, del conocimiento y la sabiduría y de las letras y la literatura, según el manifiesto de la República de las Letras (1684-1687), el medio más idóneo para pulir el espíritu, perfeccionar el gusto y proporcionar gracia a la filosofía. Pido por eso piedad a los dioses, para que críticos y académicos celosos de su gran legado no caigan sobre mis humildes reflexiones con la insensible ferocidad con la que el tigre cae sobre la liebre.

Hay belleza en el poema de amor de Neruda, que dice: desnuda eres una castaña despeinada. Hay singular y apasionada belleza en el ensayo sobre María Magdalena de Mme. Yourcenar cuando escribe: Caí de rodillas, presa del dulce temblor de las mujeres enamoradas que creen sentir cómo se derrama por todo su cuerpo toda la sustancia de su corazón. 

Hay belleza natural en la primera novela de Herman Hesse, Peter Camenzind, cuando expresa: ¡Oh, las nubes hermosas y eternamente cambiantes! Yo era un niño ignorante y las amaba ya, sintiendo acaso la atracción de nuestra semejanza. También yo sería una nube más, atravesando raudo el cielo de la vida. Yo sería también un eterno caminante, forastero en cualquier parte y suspendido siempre entre el tiempo y la eternidad.

Hay dolorosa belleza en la célebre epístola de Oscar Wilde, De Profundis, cuando, conmovido al final, exclama: Viniste a mí para aprender los placeres vitales y los placeres artísticos. Quizá me fue dado enseñarte algo mucho más maravilloso: el sentido del dolor y su belleza.

Hay, sin lugar a dudas, mucha, muchísima majestuosa belleza en la filosofía del lenguaje, la infinita imaginación, los juegos de epistemes, las tretas oníricas, las paradojas del tiempo, las intuiciones metafísicas y las alevosas provocaciones teológicas contenidos en los cuentos de ficción de Ud., maestro Borges.

Todo escritor tiene una obra que lo identifica. Puede no ser la mejor; generalmente lo es. Ella constituye la marca de agua con la que los lectores masivamente han logrado expresar de manera más intensa el gusto por su literatura. Por eso Ud. afirma: …Groussac tiene la desgracia, para él, de no haber quedado íntegramente en ningún libro… conviene que un escritor deje un libro, quiero decir que pueda vincularse a su nombre. Ernest Hemingway es El viejo y el mar; Fedor Dostoievski es Crimen y castigo; Frank Kafka es El proceso; Octavio Paz es El laberinto de la Soledad; Thomas Mann es La montaña mágica.

Esa obra que consagra la aceptación del escritor para la crítica y el público en general resulta ser  la que más tiene de él en su totalidad como creador, la que con mayores virtudes explica la calidad y lo original de su estilo y su prosa; es la que más ayuda a reconocerlo por expresar de manera más transparente la textura de  su alma y la solidez de su talento; ella hace visible la inmortalidad del texto e iguala al especialista con el lector común, en un acto de magia que hace invisibles las diferencias entre los seres humanos anuladas por los efectos sutiles de la belleza.

El libro que hace que su autor brille para siempre en el firmamento  de las letras pertenece a un tramo de la vida del artista. Mis creencias, inspiradas en la parte de las raíces culturales con las que más me identifico, en toda la genética de la que somos herederos como sociedad multicultural: la indígena, me han llevado a tener una percepción y un sentir acerca del momento de concepción de la obra que logra el mejor y más útil registro para el acervo de la literatura. Está ligado de alguna manera a la vida cíclica, al eterno retorno, al budismo y a la realización del Nirvana, en el caso de las letras expresado en un libro último que los contiene a todos.

Cada escritor sufre en algún momento trascendente de su vida −sea por las amenazas de una enfermedad, por algún accidente, por una verdadera aflicción, un suceso inesperado marcado por el azar, el encuentro con la verdadera condición sexual, o la revelación de un íntimo secreto a sí mismo− la aparición de un momento repentino de luz. A mi manera de ver y sentir, un instante sagrado en que se harán presente lo mejor del espíritu y la sangre de sus antepasados, genéticamente cruzados y multiplicados, vueltos ahora una caballería de descendientes de hechiceros, magos, alquimistas, y hombres comunes e ilustres del arte, la ciencia y la filosofía, viajeros en el tiempo, que vienen a asistir para ayudar a descifrar códigos herméticos de su creación que aún se encuentran bloqueados. Para los cristianos una revelación, para los budistas la iluminación, para los agnósticos simple destino movido por el bondadoso azar, único, complicado, y excepcional, donde la gracia se hace obra de arte para todos.

Marcel Proust sufrió, después de la muerte de su padre y su madre, un trágico alivio para su arte, según André Maurois: se aproximaba a los treinta sin haber realizado obras notables ni intentado afirmar su personalidad. ¿Por qué permanecía al margen de la vida? Porque huía de sí mismo. Aceptarse es la primera condición para escribir*. ¿Cómo hacer brotar el manantial si nos negamos a cavar en la dirección de la veta interior? Proust seguía negándose a conocerse, y su disipación tenía por objeto esencial dispensarlo de expresarse. Entre su culto familiar de muchacho modelo y su vida secreta mediaba una distancia demasiado grande para franquearla, y dejar que fluyera su genio ante el rigor moral y científico de su padre y la dulce ternura y sobreprotección de su madre y de su abuela. Solo después de la desaparición de los tres surgirá en él su luz repentina, que lo hará sentirse libre y en posesión de sí mismo para aislarlo del mundo e iniciar su monumental obra En busca del tiempo perdido.

Acontece igual con Paul Valery  y la llamada Noche de Génova, en la que volvió a ver a una hermosa mujer catalana, vestida de amazona, de cadera cimbreante y una coquetería de turbadora soltura que no se había atrevido a abordar la primera vez que la vio atravesar una calle: Creí volverme loco allí en 1892, en cierta noche blanca-blanca de relámpagos-que pasé sentado deseando ser fulminado. Noche infinita. Crítica. Quizá efecto de esta tensión entre el aire y el espíritu… Me sentí OTRO esa mañana. Pero −sentirme otro− esto no puede durar. Ya sea que uno vuelva a ser, y que triunfe el primero, o que el nuevo hombre absorba y anule al primero. A partir de entonces dará inicio a sus investigaciones tendientes a fortalecer su conocimiento del espíritu y del lenguaje, en una vasta obra que lo hará uno de los grandes de la literatura del siglo veinte.

En su caso, maestro, hay una nueva vida que nace a partir de 1938, luego de la muerte de su padre, Jorge Guillermo Borges, y de un accidente sufrido a finales de ese año que lo mantuvo por días al borde de la muerte. Después de una larga y penosa agonía fallece su padre, a quien Ud. amó con devoción. Él le revelaría las dos primeras enseñanzas sobre la literatura: amar a los libros por sobre todas las cosas y el poder de la poesía: el hecho de que las palabras sean no solo un medio de comunicación, sino símbolos mágicos y música. En cuanto al trance de la muerte, Ud. sale de él, afianzado en la idea que venía rumiando desde hacía tiempo: que la realidad empírica es tan ilusoria como el mundo de las ficciones, pero inferior a este y que solo la invención suministra herramientas cognoscitivas confiables.

El Borges vanguardista del ultraísmo y más tarde bucólico de los años veinte, el inicio de cuya poesía define Emir Rodríguez Monegal: Poemas suburbanos, de temas deliberadamente humildes, ensalzadores de la felicidad simple del vivir y transparentes de una inquietud metafísica, se transforma en la década del treinta, en el Borges de la Revista Sur, con su cosmopolitismo de alto vuelo; al Borges metafísico, que especula sobre el tiempo, el espacio y lo finito, la vida y la muerte y si hay destino para el hombre; al Borges que hace alardes de erudición y que ya pergeña sus celebérrimos textos trampa; comentarios exhaustivos, por ejemplo, de libros que no existen, o relatos que juntan y mezclan lo real con lo ficticio. También se percibe un cambio en materia de estilo, una labor de poda en la prosa y los metros, que pasan a ser más claros, más nítidos, más sencillos. Pero la caballería aún no ha logrado hacerse presente para venir en su auxilio.

Ella solo tomará posiciones a principios de 1939, cuando vencido el peligroso percance sufrido en diciembre del año anterior, llegará para ayudar a desbloquear los códigos herméticos que aún faltan por descubrir a su mente y a su alma. A partir de entonces hay otro Borges, un Borges iniciado, y solo Ud., lo sabe, iluminado de luz, con sobrios destellos antes de esa fecha de lo que será la grandeza de su literatura, pero a final de cuentas sin el peso del ingenio  creativo y sofisticado, la singularidad plástica y exacta de su prosa y la emérita calidad estética de su producción literaria, que para mí arranca con Ficciones y las siete narraciones breves contenidas en El jardín de senderos que se bifurcan (1941), luego las nueve de Artificios, de 1944, y las diecisiete de El Aleph, en 1949.

A partir de esta primera aproximación, quedo en libertad para definir el marco de estas correspondencias a partir de tres premisas: la primera, identificar y perfilar el Borges que veo y siento y al cual empecé a estudiar desde 1974, cuando cayó en mis manos por gentileza de un gran amigo, a quien aún no dejo de agradecerle, una versión de Emecé, que aún conservo, de sus obras completas. De ese Borges me enfocaré solo en la estética de algunos cuentos, los que, considero, expresan mejor la belleza del conocimiento, que en literatura no es otra cosa que imaginación.

La segunda es la relacionada con la condición ciudadana de Jorge Luis Borges, y la tercera con su esencia humana, sin cuyo estudio no se puede explicar la naturaleza de su genio.

Si hoy me preguntaran, muchos años después de que con la música de sus textos Ud. me hechizara, afirmación que de seguro daría pie a una de sus clásicas ironías, diría: Jorge Luis Borges es un gigante de las letras del siglo XX, un enciclopedista que nunca dejó de ser un niño erudito, que leyó, exploró y estudió con vehemencia las posibilidades literarias de la filosofía y la ciencia, con una prístina memoria, una ilimitada imaginación y una exquisita ironía.

Ese Borges, esteta por excelencia, dirá de la belleza: (…) está acechándonos. Si tuviéramos sensibilidad, la sentiríamos así en la poesía de todos los idiomas. Yo debí estudiar más las literaturas orientales; solo me asomé a ellas a través de traducciones. Pero he sentido de golpe el impacto de la belleza. Por ejemplo, esta línea del persa Jafez: vuelo, mi polvo será lo que soy. Está en ella toda la doctrina de la transmigración: mi polvo será lo que soy, renaceré otra vez, otra vez, en otro siglo, seré Jafez, el poeta.

Esa parte, la estética, es la que intentaré exaltar en estas epístolas, pues es la que percibo y siento con más naturalidad como lector y la que Ud. tan bien ilustra: tengo para mí que la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos y es la belleza la que hace de este intento una iniciativa que podría ser original entre tantas toneladas de papel que se han impreso sobre las innumerables aristas por las que puede abordarse su obra. Recordemos que el primer acercamiento a un libro por voluntad individual es hedonista; solo después, y si se produce el enamoramiento entre el lector y el escritor, vendrán las complicaciones de esa lectura.

Siento, de igual manera, maestro, la necesidad de acercarme al Borges ciudadano, partidario de estimular a la clase media para solidificar la democracia, al estilo de los países escandinavos cuya cultura tanto admiraba. Al Borges que se afirma independiente de todo credo político y se autodefine: como un pacífico y silencioso anarquista que sueña con la desaparición de los gobiernos. El Borges que detesta a Rosas, a quien le escribe un poema que lleva su nombre y cuya composición hace que su aversión se diluya en la belleza de sus versos: … La imagen del tirano / abarrotó el instante, / no clara como un mármol en la tarde, / sino grande y umbría / como la sombra de una montaña remota / y conjeturas y memorias / sucedieron a la mención eventual / como un eco insondable. /

Famosamente infame / su nombre fue desolación en las calles, / idolátrico amor en el gauchaje / y horror de tajo en la garganta / Hoy el olvido borra su censo de muertes, / porque son venales las muertes / si las pensamos como parte del Tiempo, / esa inmortalidad infatigable / que anonada con silenciosa culpa las razas / y en cuya herida siempre abierta / que el ultimo dios habrá de restañar el ultimo día, / cabe toda la sangre derramada…

El Borges que alude con desprecio a Evita y se opone y enfrenta  a Perón y al peronismo. El Borges director de la Biblioteca Nacional, invidente a los cincuenta y cinco, que ocupa el cargo −como si se tratara de una dinastía− que hasta 1929 ocupará otro invidente: Paul Groussac, al que ya había antecedido en el pasado, en 1858, como si un destino se conjugara, José Mármol, también privado del don de la vista. El Borges crítico del nacionalismo y los nacionalismos. El Borges polémico, genuino y cambiante que un día de 1962 le dijo a un periodista del New York Times:

Now the world is all inside me and I see better for I can see all the things I dream.

Ahora el mundo está completamente en mí y veo mejor porque puedo ver todas las cosas que sueño. Tiempo después le confesará con picardía infantil a Jean de Milleret: Dije eso para consolarme, ¿no? para engañarme a mí mismo. Nadie puede decir una cosa como esa y creérsela, ¿no? Pero ahora que estoy en confianza, le confieso que preferiría ver un poco más afuera, un poco menos adentro.

No hay una aproximación total a un perfil de Ud. si no volteamos la vista al Jorge Luis de aquella conmovedora dedicatoria en sus obras completas a su madre, Leonor Acevedo de Borges: Quiero dejar escrita una confesión, que a un tiempo será íntima y general, ya que las cosas que le ocurren a un hombre les ocurren a todos. Estoy hablando de algo ya remoto y perdido, los días de mi santo, los más antiguos. Yo recibía los regalos y pensaba que no era más que un chico y que no había hecho nada para merecerlos. Por supuesto, nunca lo dije; la niñez es tímida. Desde entonces me has dado tantas cosas y son tanto los años y los recuerdos. Padre, Norah, los abuelos, tu memoria y en ella la memoria de los mayores…tu prisión valerosa, cuando tantos hombres callábamos, las mañanas del Paso del Molino, de Ginebra y de Austin, las compartidas claridades y sombras, tu fresca ancianidad, tu amor a Dickens y a Eça de Queiroz, madre, vos misma. 

Más aun no hay retrato de Borges sin una explicación de los espejos y el horror que de niño sentía ante la posibilidad de proyección de una imagen que no correspondiese a la suya, impactado por el poema del profeta velado de Jorasán, que veía su rostro leproso y El hombre de la máscara de hierro de Alejandro Dumas. No hay Borges sin el Laberinto de Creta y sin ese gabinete mágico para Emerson que Ud. heredó de su padre: la biblioteca, el auténtico laberinto, donde su espíritu se encantaba releyendo los diecisiete tomos de Las mil y una noches en la versión de Burton y conversando con Dante Alighieri en el Paraíso sobre el destino de Beatriz y la Divina Comedia.

El Borges que adoraba el dulce de leche y que, en la soledad de sus tardes, según María Esther Vázquez, en penumbra, repetía a media voz los versos de los poetas más dispares: Alighieri, Marlowe, Quevedo, Whitman, Dante Gabriel Rossetti, sin distinción de épocas, movimientos o lenguas. El Borges de carne y hueso. Ese hombre que a los ochenta y cinco reía a carcajadas con alegría, que tenía la vitalidad, la memoria y la imaginación de un niño.

  A Fernando Chumaceiro Chiarelli

*Bernard Grasset



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