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Barrios | Cacerolas – El Salto

Barrios | Cacerolas - El Salto


En el sur huele a caldo recién hecho para los que rechazan las pizzas impuestas desde las alturas de un pisito de lujo que aísla de todo y de todas, lo más lejos posible de los latidos que contagian humanidad.

Hay cacerolas humeantes y miradas tristes porque en muchos casos es la primera vez que toca abrirse a la solidaridad barrial. Avergüenza haber sido y ya no ser, para quienes no tenían que pedir y ahora les toca. Ahogados en la angustia de la pandemia, sin aire por la incertidumbre de un futuro que augura rayos y tormentas.

Toca hacer la cola con el carro hambriento de ser llenado. No hay más miedo que la voz de una hija preguntando ¿qué hay de cenar?, mientras la luz de la nevera se desvanece sobre un plato de sobras mal tapado, que apuñala ahí donde más hiere.

Y toca arremangarse para seleccionar alimentos, armar bolsas o descargar un coche con la mercadería que se ha juntando de donaciones a la salida de un supermercado. Apoyo mutuo, de eso se trata. Sin caridades, así se cocina en las ollas populares cuando las instituciones brillan por su ausencia.

Ahí están, jodidos, esperando por unas cajas de leche, paquetes de arroz o pasta, aceite y fruta. Y si hay suerte un poco de pescado que alguien llevó para repartir, o un pedazo de carne que meter al cocido. En otros lugares, los tuppers se van llenando uno a uno, hasta arrancar la última cucharada del fondo de un perol quemado de tanto uso.

Todo vale, pero en el transcurrir del tiempo nada tendrá tanto valor como el reconocerse en Miguel, el vecino de la otra cuadra; María, la de la tiendita, o Moha, el del quinto. En la cola están todas, la que criticaba a los okupas del edificio de la calle de atrás y hoy sufre por no poder pagar su alquiler, los que señalaban al mantero por ganarse la vida como buenamente podía y la que no entendía que si la gente iba a asuntos sociales era porque se había quedado afuera del sistema y no por vagancia o desgano. Espejos que devuelven a esa nueva normalidad de fango que para muchas vecinas ya era parte de su vida cotidiana. Para ellas, el bicho solo ha agudizado las cosas.

La pantalla de la tele escupe discursos grandilocuentes. “Nadie se va a quedar atrás”, repiten. Y uno se acuerda que hace años alguien montó un hospital “para los vecinos”, pero lo puso tan lejos que resultaba inalcanzable. Demasiadas familias no tenían para pagar el bus que las acercara y otras tantas tuvieron que elegir entre comer y comprar los medicamentos porque el mismo partido de gobierno se sacó de la chistera el copago farmacéutico. Otras muchas directamente dejaron de ir a la consulta cuando les robaron la universalidad del sistema sanitario.

Allí se vive apretando los dientes y el bolsillo. Y bajo el techo caben todas. Se convive con la abuela y el abuelo, porque forman parte de la esencia de sus barrios.

Las mismas familias que a cada comienzo de curso se agolpan a las puertas de parroquias y centros sociales en búsqueda de los libros para sus hijos e hijas. Otra vez, mientras la clase política les habla de excelencia educativa y enseñanza bilingüe, allí en ese sur de los barrios obreros, estudiar es una proeza y ─cada vez más─ una utopía, en un país donde la gratuidad de la enseñanza universitaria se perdió a lo lejos y hace tiempo. 

Allí se vive apretando los dientes y el bolsillo. Y bajo el techo caben todas. Se convive con la abuela y el abuelo, porque forman parte de la esencia de esos barrios que no han escatimado en luchas, contra el fascismo y por los derechos laborales y sociales. 

Y están en casa porque más allá de la imposibilidad de pagar dos o tres mil euros por una residencia, la palabra de la Yaya se escucha, se quiere y se respeta. Y si no hay imposibilidades físicas que exijan cuidados profesionales, no hay mejor vejez que el estar con los suyos. Lecciones que suben desde abajo.

Faltan los abrazos que ya se darán. Hay cierto recelo. La ambulancia se ha llevado a muchas y son muchas las que no han regresado. Es mentira que el bicho iguale a todo el mundo. Allí abajo se dispara, contagia y mata sin piedad.

Que se lo cuenten a ellos lo de las desigualdades. Salir a la calle a tomar un respiro en medio del agobio de cuatro paredes que oprimen más allá de lo tolerable, ha significado miles de multas en el cinturón sur de este Madrid en pandemia, a veces acompañadas del palito de abollar ideologías que se crece chulesco en los barrios obreros, pero desaparece cuando un puñado de cacerolas hacen ruido en los rincones más pudientes de la ciudad.

En los barrios del sur las cacerolas humean, es lo que toca para que en serio y sin discursos de ocasión, nadie se quede atrás. Ya saldrán, que nadie dude que volverán a salir para recuperar derechos robados, como el de una sanidad pública y universal, de todas y para todos. Allí abajo se respiran dignidades y resistencias que, como los buenos platos, se cuecen a fuego lento. 



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