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así puso la Policía entre rejas al retornado de Daesh más cruel de Europa

Abdel-Majed Abdel Bary, en imágenes de archivo


Madrid
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Desde el miércoles por la noche Abdel-Majed Abdel Bary, egipcio de 29 años, el yihadista retornado más buscado de Europa, ve pasar la vida en una celda de unos 10 metros cuadrados del módulo de aislamiento de la cárcel de Soto del Real (Madrid V) de la que no puede salir en todo el día. A todos los efectos se le trata como un preso en primer grado, a lo que se une un aislamiento añadido por la crisis del corronavirus para evitar que pueda infectar a nadie. Sin duda, en estas duras condiciones se preguntará qué ha fallado para acabar ahí y rumiará los escenarios, ninguno halagüeño, que le esperan.

Está acabado; lo sabe y eso le tortura, aunque de su boca no ha salido ni una palabra, ni ante la Policía ni ante el juez. Esta es la historia de tres meses de una brillante investigación de la Comisaría General de Información que acabó en la madrugada del pasado lunes en un céntrico piso de Almería con la detención de este peligroso individuo y sus dos acompañantes.

La trayectoria de Abdel Bary está muy alejada de la del joven sin futuro ni preparación, que es captado por un grupo yihadista donde se le adoctrina y encuentra un lugar en el mundo y que ve en la «guerra santa» una razón que da sentido a su vida. Qué va. Sí es cierto que con seis años vivió la detención de su padre, Adel, en Egipto y que, según asegura, fue torturado acusado de islamista radical. Tras ser liberado, la familia viajó a Gran Bretaña, donde pidió asilo político.

En el Reino Unido la familia progresó, pero el progenitor se mantuvo fiel a sus ideas yihadistas, hasta el punto de tener relación estrecha con Osama Bin Laden, líder de Al Qaeda. Con él habría colaborado en la planificación de los atentados contra las embajadas norteamericanas en Kenia y Tanzania perpetrados en 1998, que costaron más de 200 vidas. En 2012, Adel fue extraditado a Estados Unidos para ser juzgado por esos hechos y el 6 de febrero de 2015 se declaró culpable. Su pena: 25 años de prisión, tras llegar a un acuerdo con la Fiscalía.

La Policía cree que el tercer detenido es también argelino y que también luchó en Siria en las filas de Daesh

Por supuesto, estos y otros acontecimientos, como la guerra de Afganistán, hacían mella en la personalidad de un Abdel-Majed Abdel Bary que para entonces ya había encontrado en el rap no solo una afición, sino también un modo de expresarse y ganarse la vida. Y muy bien, además. El «break» definitivo en su mente se produjo en 2012. Hasta ese momento sus letras versaban sobre drogas, violencia, su vida en una residencia de Maida Vale, en Westminster, al oeste de Londres, valorada en un millón de libras de la época y la posibilidad de que su familia fuera deportada a Egipto por las actividades terroristas del padre. A partir de entonces, las canciones cambiaron de temática y se centraron en las críticas a quienes gastaban su dinero en clubes, alcohol y drogas en lugar de alimentar a su familia. Firmaba sus creaciones como como Jinn y L. Jinny, y sus temas sonaban en la radio británica.

El 1 de julio de 2013, la bomba de relojería que llevaba dentro estalló definitivamente. Tras un proceso de radicalización en el que tuvo mucho que ver el imán Anjem Choudary, ese día anunció que abandonaba el rap para seguir el Islam: «Dejo todo por Dios», aseguró al salir de su casa, donde dejaba atrás a su madre, Ragaa, y a sus cinco hermanos. Su destino, como el de todos los yihadistas que entonces residían en Europa, estaba claro: Siria, donde Daesh había desatado una guerra para acabar con el régimen del presidente Bashar al-Assad y fundar un Califato islámico. Esa decisión le costó con el tiempo la revocación de la nacionalidad británica.

Comenzaba así la orgía de sangre y odio desatada por Abdel Bary, que en agosto del año siguiente distribuía una fotografía suya con la cabeza de un «infiel» sujetada con una de sus manos. La crueldad no acababa ahí, porque junto a la terrorífica imagen escribió esta leyenda: «Relajarse con mi amigo o lo que queda de él»… Un poco antes de ese episodio ya había amenazado con un premonitorio «Los leones vendrán pronto por ti, asquerosos (infieles). Decapitaciones pronto en tu propio cuarto trastero».

Huida a Turquía

El terrorista combatió al menos hasta junio de 2015, cuando desertó de las filas de Estado Islámico durante la retirada de la ciudad de Tal Abyad y cruzó la porosa frontera con Turquía. Desde entonces, y hasta ahora, apenas hubo noticias suyas: nada más llegar al país otomano retomó durante una semana su actividad en Twitter con el nombre @L.Jinnay, con el que firmaba sus letras de rap, y aprovechó ese tiempo para hablar con antiguos amigos y yihadistas a cuyos ojos se había convertido en un héroe; a finales de julio de 2017 difundió algunos vídeos y en diciembre de ese año trascendió que había datos de que aún vivía.

Los servicios de Inteligencia de varios países nunca se olvidaron Abdel Bary y la pista buena surgió en diciembre del año pasado, cuando de nuevo se le pudo situar en una zona de conflicto en Siria. No había dudas de que era él, porque tras la caída del Califato en los campos de detención se habían recogido los datos biométricos y huellas de todos los «foreing fighters» que se habían unido a las filas de Daesh para que pudieran ser detectados si intentaban volver a sus países. De hecho, los retornados se han identicado como una de las grandes amenazas para la seguridad de las naciones occidentales.

El CNI, clave

Además, de forma paralela surgieron informaciones en el sentido de que podía intentar entrar en Europa por España. El Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que ha tenido un papel decisivo en el éxito de las pesquisas, se puso en contacto con la Comisaría General de Información de la Policía y le dio todos los datos que había recabado. En febrero, la investigación se judicializó en la Audiencia Nacional. Comenzaba la operación Altepa, bautizada así porque recoge letras relacionadas con la investigación, como la T de Turquía.

Las gestiones, policiales y de Inteligencia, han determinado que a primeros de año el rapero yihadista se reunió en Turquía con dos individuos, uno argelino y de 22 años llamado Seddiki, y un tercero que aún está sin identificar plenamente –sus huellas han sido enviadas a los servicios policiales de todo el mundo para ponerle nombre y apellidos–, pero que podría ser argelino y también «foreing fighter».

El pequeño grupo recorrió Turquía, Libia y Argelia, trayecto en el que utilizaron los servicios de las mafias de tráfico de seres humanos. Seddiki, que tiene pasaporte falso de un país europeo y varias cuentas corrientes bancarias, alguna de ellas en Doha, fue el encargado de organizar el viaje y quien hacía frente a los pagos, siempre a través de Internet.

Se llegó hasta los yihadistas por su piso en Almería. Tenían 500 euros en efectivo y un ordenador

Abdel Bary y el segundo argelino también utilizaron identidades falsas durante el periplo hasta Argelia, aunque solo tuvieron que cruzar una frontera, lo que para ellos era una medida de seguridad importante. Su destino final en el norte de África era la zona de Orán, y allí volvieron a entrar en contactos con mafias que les proporcionaron la posibilidad del viaje en patera; en realidad, en una semirrígida en la que los tres hicieron la travesía hasta las costas de Almería. Para entonces el yihadista rapero y el terrorista no identificado se habían desprendido de sus documentaciones falsas porque sabían que si eran interceptados en alta mar identificarlos sería más complicado para las Fuerzas de Seguridad.

Las investigaciones de la Comisaría General de Información determinaron a mediados de la semana pasada que Abdel-Majed Abdel Bary había llegado a España. De inmediato, una veintena de sus agentes se desplegaron en la ciudad, a pesar del peligro de contagio por la crisis del coronavirus. El terrorista era demasiado peligroso para esperar y había que localizarlo y neutralizarlo cuanto antes. La juez instructora estuvo de acuerdo.

Investigaciones sobre viviendas de alquiler fueron la clave para llegar hasta el pequeño piso céntrico que había alquilado Seddiki por un mes –ese dato no es indicativo por sí mismo de sus intenciones, ya que podían ampliar su estancia si así lo querían–, en el que se habían refugiado los sospechosos. Lo cierto es que solo entonces la Policía supo que Abdel Bary estaba acompañado por esos dos individuos.

Con mascarilla

Las vigilancias no fueron fáciles porque el yihadista apenas salía de casa y cuando lo hacía, como tantos otros por la pandemia, se ponía mascarilla, por lo que identificarlo era complicado. Además, había engordado mucho, aunque sus notables orejas lo delataban. No obstante, antes de intervenir era necesario tener la confirmación plena de su identidad, lo que llegó tras los pertinentes cotejos de muestras.

La madrugada del pasado lunes fue el momento elegido para la detención. Un grupo del GEO entró en tromba en el piso. Los inquilinos no pudieron reaccionar. No llevaban armas. Se les intervino 500 euros en efectivo y un ordenador, que ahora se analiza. También se sabe que Seddiki tiene contactos en España, porque hizo varias llamadas los días anteriores.

Como ya se ha apuntado, la Policía no sabe cuáles eran las intenciones de Abdel Bary y los otros dos individuos, ni en España hay procedimientos contra él. De momento tampoco hay noticias de que otros países los tengan, aunque aún es pronto para confirmarlo. Lo más probable es que utilizaran nuestro territorio como la penúltima etapa hasta algún otro país europeo. Pero la investigación sigue abierta.



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