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Arrimadas es el plan B

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Uno de los problemas de la política española de nuestros días, creo yo, es que ha perdido solemnidad. Cuando Suárez se instaló en La Moncloa, en 1977, se llevó a su despacho la mesa de trabajo que Isabel II le regaló a Narváez. La marquetería era tan sólida que había resistido sin descoyuntarse los ayuntamientos placenteros de la reina castiza y el Espadón de Loja. A su alrededor, Suárez colocó tapices confeccionados sobre cartones de Goya. Nada más entrar en aquella habitación, el peso de la historia, amortiguado por espesas alfombras de la Real Fábrica, se hacía tan abrumador que incitaba a hablar en voz baja. En ese ambiente tan ceremonioso se fueron urdiendo los mimbres de la Transición. Luego, alcanzada ya la orilla de la democracia, los sucesivos inquilinos del poder fueron sustituyendo aquellos elementos ornamentales del Palacio –rancios pero majestuosos– por otros de funcionalidad minimalista. Al presidente se le habilitó un despacho más moderno, sin tálamos regios ni tapices goyescos. El cristal sustituyó a la madera de raíz y las paredes se poblaron de cuadros abstractos. Poco a poco, las antiguas estancias mudaron de aspecto. La solemnidad del espíritu de la Ilustración dio paso al confort de un «lobby» hotelero. Es probable que aquel impulso decorativo renovador pretendiera sustituir lo viejo por lo nuevo, y no me parece mal, pero lo cierto es que, al mismo tiempo, la novedad se cargó de simpleza. La política de altos vuelos capotó. La cosa pública se convirtió en el empeño privado de conservar, o de conseguir, la llave de La Moncloa a cualquier precio. Esa obscena obviedad lleva muchos años saltando a la vista, pero aún se ha hecho más evidente durante las sucesivas escenas de sofá que han tenido lugar esta semana.

No hay muchas dudas sobre el carácter intimidatorio del nuevo curso. Con el virus campando a sus anchas y la crisis económica más devastadora desde la guerra civil a la vuelta de la esquina no está nada claro qué será más difícil de preservar, si la salud o el puesto de trabajo. Nunca ha habido tantas incertidumbres revoloteando sobre las cabezas de los ciudadanos. Manda narices que en estas circunstancias el empeño prioritario del Gobierno sea el de garantizar su propia continuidad, independientemente del precio que tenga que pagar para conseguirlo. La alianza con Ciudadanos no es la consecuencia lógica de una apuesta por la moderación fiscal y la contención del gasto, sino un trágala impuesto por la negativa de ERC a brindarle apoyo presupuestario. En el giro al centro de Sánchez no hay premeditación intelectual, sino puro instinto de supervivencia. Me cuentan mis espías paraguayos que no hay un solo día en que Pablo Iglesias no trate de convencer al presidente de que ponga tierra de por medio con Inés Arrimadas y vuelva al redil de la mayoría que le brindó la investidura. La tensión entre ellos crece cada vez que hablan, pero el horizonte de la ruptura está todavía muy lejos. La lógica de Sánchez es tan rácana como aplastante: mientras el líder de Podemos no traiga debajo del brazo la complicidad de Junqueras solo hay un camino posible para seguir en el poder. Esa es la única premisa en la que se asienta su estrategia política. Gato blanco, gato negro, qué más da si caza ratones. Iglesias aún no ha dado con la réplica adecuada, pero ha pedido tiempo para apurar las posibilidades de lograr la vuelta del independentismo catalán al Country Club de la izquierda. De ahí que María Jesús Montero tilde de antipatriota al PP por darle la espalda a los Presupuestos y recalque el amor a España de ERC por hacer exactamente lo mismo. La mesa de diálogo ha quedado convocada para mediados de este mes. Es la última oportunidad para escaquearse de Ciudadanos. Pincho de tortilla y caña a que Sánchez la utilizará como puente para regresar al regazo de Frankenstein si los de Junqueras se ponen a tiro. El único compromiso solemne que ha contraído el presidente del Gobierno es el de salvarse a sí mismo. Da igual con quién. Arrimadas es solo el plan B.

Luis HerreroLuis HerreroArticulista de OpiniónLuis Herrero

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