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Antiespecismo | Hacia una antitauromaquia antiespecista – El Salto

Antiespecismo | Hacia una antitauromaquia antiespecista - El Salto


La tauromaquia es una de las formas de maltrato animal cuya oposición tradicionalmente ha aglomerado a más público. Esto se debe a que la antitauromaquia tradicional refuerza un estatus especista en el que lo que se está señalando no es una de las muchas formas de maltrato institucionalizado para con el resto de especies, sino una desviación del buen hacer. Así, se corre una cortina de humo sobre hecho de que una de las formas más habituales por la que nos relacionamos alrededor del 97% de las españolas con otras especies es mediante el consumo de sus cuerpos y sus secreciones.

Una de las ideas recurrentes en la antitauromaquia tradicional versa en torno a la salud mental del agresor: no se trata de un agresor socializado en un entorno en el que los mataderos, al igual que ocurre con las prisiones, son desplazados a las periferias para evitar las indudables preguntas que generaría; en el que al ir a casa de su vecino se encuentre un pájaro que pasará su vida enjaulado o de los peces utilizados como elementos decorativos en restaurantes. En este análisis antitaurino tan burdo, sólo caben los animales con nombres propios, reforzando el referente ausente que sigue subyugado a su estatus de propiedad. El torero, por tanto, será un perturbado que disfruta con el sufrimiento ajeno frente a nosotras, que ingerimos con gran resignación el ágape navideño.

A pocos actos antitaurinos que una persona haya ido, se habrá dado cuenta de que estos se conforman principalmente por personas omnívoras (que tiene sentido teniendo en cuenta que suman el 97% de la población del Estado)

Ante esto, cabe primero preguntarse por la composición de los apoyos del movimiento antitaurino. A pocos actos antitaurinos que una persona haya ido, se habrá dado cuenta de que estos se conforman principalmente por personas omnívoras (que tiene sentido teniendo en cuenta que suman el 97% de la población del Estado). Partiendo de esta realidad, se nos plantean varias opciones: profundizar con el mensaje antitaurino tradicional que sitúa la tauromaquia como la excepcionalidad o envolver el mensaje antitaurino en el marco antiespecista.

PÚBLICO MÁS AMPLIO

La primera de estas opciones puede atraer a un público mucho más amplio, puesto que se está reforzando sus creencias previas y en ningún momento se está hablando del ya citado referente ausente. Ahora bien, tiene un recorrido bastante corto: es un argumentario autoconclusivo en el que sus límites son completamente estancos. Frente a esto, cuando un taurino pregunta por otras formas de maltrato animal, la única argumentación posible es, en términos antropocéntricos, el sufrimiento innecesario del toro. El aficionado taurino ve aquí su momento de gloria al sentir que él sí está siendo congruente al no discriminar las distintas formas de uso de otros animales. Aquí viene el error: ser congruentemente especista no es algo de lo que sentirse orgulloso, celebrar la congruencia sin hablar de su dirección es como celebrar tener diez mil euros en el banco en valor absoluto sin especificar (y equivaliendo) tener diez mil euros ahorrados o una deuda de esa cantidad.

Partiendo de esta contradicción del antitaurino omnívoro, existe la opción de reivindicar un discurso antitaurino plenamente antiespecista que fácilmente acabase por desplazar a estas personas. El discurso desde luego sería muy coherente, pero teniendo en cuenta lo minoritario que es actualmente este movimiento comparado con otros en boga como el feminismo o el antirracismo, esta quimera se convertiría rápidamente en un brindis al sol. Ya sabemos que en política tener razón nunca es suficiente.

Sabemos el capital simbólico que arrastra tanto la tauromaquia como su oposición, y este es un hecho que no podemos obviar

¿Qué alternativa nos queda? Hacer una actualización profunda del discurso antitaurino clásico que sepa que una manifestación antitaurina sin apoyo de las personas omnívoras es un completo fracaso, pero que por otro lado no se puede permitir que el chocolate del loro del especismo se convierta en la legimitación del mismo. Sabemos el capital simbólico que arrastra tanto la tauromaquia como su oposición, y este es un hecho que no podemos obviar.

Por otro lado, si otras luchas ya han introducido en el imaginario colectivo términos que son perfectamente extrapolables a aquello a lo que nos queremos referir, sería un desperdicio no hacer uso de estos. De esta manera, la tauromaquia pasaría a mentarse mediante la relación entre una víctima y un agresor. Una vez nos encontramos en este marco, hay muchísimas cuestiones de la tauromaquia tradicional que quedan desfasadas sin necesidad de comerse mucho la cabeza. Veamos algunos ejemplos:

  • La mortalidad de los agresores fruto de la autodefensa de la víctima es irrelevante, así como la peligrosidad o falta de peligrosidad con la que realiza la agresión. No se trata de un combate desigual que deba ser igualado frente a un torero actuando cobardemente, se trata de una agresión, que en ningún contexto puede ser justificada.
  • Mucho se ha debatido sobre el carácter de los toros, sobre su mansedumbre o su bravura. Este es un argumento que me irrita especialmente. ¿Desde cuándo juzgamos una agresión en función del carácter de la víctima?
  • Las florituras que realice el torero en una plaza de toros son secundarias. Es muy frecuente ver a toreros que en este debate se quedan rápidamente sin argumentos puesto que saben leer un mensaje común entre maltratadores y aficionados pero no entienden su irrelevancia. Desde una perspectiva desde abajo, lo que importa es tanto la privación del desarrollo vital de la víctima como los informes de lesiones que publican organizaciones como AVATMA. Dicho de otra forma: conocer el significado de una banderilla negra sirve en tanto que explica la mentalidad del agresor, pero lo fundamental es el daño que se está infligiendo. Todo lo demás es liturgia desde arriba que cosifica a la víctima. 

Desde el movimiento antitaurino creo que se debe de ser consciente de que se dirige a un público que arrastra contradicciones pero que sin el apoyo de éste no va a llegar ni a la vuelta de la esquina

Con todo esto, desde el movimiento antitaurino creo que se debe de ser consciente de que se dirige a un público que arrastra estas contradicciones pero que sin el apoyo de éste no va a llegar ni a la vuelta de la esquina. Así, creo que la solución se encuentra en hacer encaje de bolillos con este hecho: aprovechar este capital simbólico, hacerse eco de otras luchas (sin hacer extractivismo) y expresar todo esto en unos términos que no sólo no se autodelimite sino que dé herramientas para poder extrapolar este ámbito concreto a un marco antiespecista más amplio. Esto, al fin y al cabo, es más fácil de lo que pueda parecer: eslóganes en torno a que los animales no son objetos ni propiedad de nadie ahondan en la contradicción sin perder apoyos. Este proceso pedagógico puede ser más lento, pero desde luego creo que merece la pena frente a dinamitar los apoyos u obviar a los animales que llevan crotal.



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