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1492, sin perdón


En 1492 se inició una guerra por la misma y única causa de todas las guerras: ganar el botín. Los indios se enfrentaron a unos invasores que les ganaron primero en el terreno de la sorpresa y luego en el campo de batalla. Fue una Blitzkrieg  absoluta e inesperada.

Los grandes imperios militares como los temibles Aztecas y los imperialistas Incas, uno en México y el otro en Perú, quedaron desconcertados por unos extranjeros que tomaron la iniciativa bélica y espiritual sin titubeos. La motivación de la “reconquista” contra los árabes en la península ibérica y el Mar Mediterráneo que implicaba la lucha contra el musulmán y luego el turco fue trasladado hacia América. Además, había que ir tras el comercio de las sedas, especies, esclavos y metales preciosos. Colón en 1492 no fue tras de un sueño bucólico sino tras el oro. Su diario es incansable en citar página tras página no los retos náuticos sino lo que en realidad le desvive: el Dorado.   

En 1519 Hernán Cortés desembarcó en México y se apercibió del rencor de los pueblos y naciones feudatarios de los Aztecas que buscaban una oportunidad para zafarse de Tenochtitlan. Cortés fue visto por unos como conquistador y por otros como libertador. 1527, la «división acorazada» de Francisco Pizarro entra en contacto con los baluartes del todopoderoso imperio Inca en el Perú. En 1528, Huáscar reta al Inca Atahualpa por la corona del imperio. Hay la guerra civil y con ello la oportunidad de Pizarro de pescar en rio revuelto. Cortés y Pizarro son capitanes de una avanzada suicida y que espantan los peligros sabiendo que no hay refuerzos o rescate posible si fracasan.

Tanto Cortés como Pizarro, jefes intrépidos, entienden que deben explotar las rencillas entre los mismos indios. Es paradigmática la felonía de Pizarro en 1532 cuando secuestró a Atahualpa, cobra rescate y lo ejecuta violando la palabra empeñada. Sigue siendo un misterio de la naturaleza humana y de la historia militar mundial que tantos feroces guerreros hayan sido vencidos por tan pocos feroces guerreros. Y el argumento religioso o el tecnológico, que es el dominante, nos parecen insuficientes. Hubo en el alma del indio americano un quiebre psicológico que le entregó al mar de la tristeza, a una depresión colectiva paralizadora, un despojo de la más íntima autoestima.

Los indios, la élite social dirigente, la política y religiosa, fueron descabezados y con ello les quitaron a las masas alguna posibilidad de unidad para resistir con expectativas de éxito. La derrota militar condujo a la derrota espiritual. Y no tuvieron consuelo ni revancha ni venganza. Han sido, en los lugares dónde demográficamente son mayoría, Centroamérica y el altiplano andino, una comunidad silenciosa cuyos agravios pasados se confunden con los del presente. Los indios derrotados pasaron a ser asumidos como mestizos, una mezcla de dolor y decepción, renegados de la nueva sociedad hispánica con derechos disminuidos y todos los deberes forzados.

Los indios o fueron exterminados, o esclavizados o evangelizados por la fuerza. Algunas resistencias persistentes e inútiles siempre las hubo aunque nunca lograron triunfar sobre los nuevos amos de América. El recuerdo de ésta guerra fue escrito por los cronistas, agentes librescos de los hombres de armas y al servicio del Estado español, que justificaron la conquista aduciendo argumentos ideológicos sustentados en la Biblia. El Deuteronomio 20 dónde se habla sobre “Leyes sobre la guerra” permiten que los crímenes tengan una absolución cristiana. El relato de los vencidos que Miguel León Portilla rescató son voces sin sonido porque es el destino de los perdedores y de los últimos de la fila aunque los Evangelios digan lo contrario.

España hizo de América su músculo económico. El oro y plata americanos de los imperios caídos, financió el despliegue del capitalismo mundial. Felipe II (1527-1598) se convirtió en el gobernante más poderoso de la tierra. El siglo XVI fue el siglo de España convirtiendo las hazañas americanas en una fecha fundacional.

1492 no sólo es la historia de una guerra. También es la historia de una nueva humanidad que progresa paradójicamente desde la violencia y los intercambios de todo tipo. 1492 hizo que la historia del mundo fuera una sola haciendo de la globalización toda una nueva e impactante realidad. Ni Día de la Hispanidad, ni Día de la Raza, ni Día de la Resistencia Indígena. Y tampoco Encuentro de Dos Mundos. Las etiquetas son filtros ideológicos que falsean la realidad histórica y hay que leer entre líneas para dar con el sentido oculto y veraz de los hechos humanos.

No hay nada que perdonarle al pasado porqué ya murió y los ofensores y ofendidos yacen en el Seol, la morada de los muertos. Los sobrevivientes, nosotros, tanto de los ganadores y vencidos, somos una pálida sustancia sobreviviente del todopoderoso olvido. Y en el combate de los recuerdos, las versiones al uso son más mitológicas que reales, estereotipos andantes y funestos. Sólo cuenta el presente y sus obras. No tomo partido ni por los indios ni hispánicos. Mi identidad es la suma de todos ellos. Las tengo que comprender y asumir.



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